—Sí, las tomé —asintió Felisa, respondiendo como si fuera lo más obvio del mundo.
En ese entonces ni siquiera sabía que él y Enzo eran familia. ¿Cómo iba a permitir quedarse embarazada a la ligera?
Si llegaba a la familia Hernández esperando un bebé de otro hombre, sería el mayor escándalo de Santa Fe. Los Hernández jamás lo aceptarían, y la familia Valenzuela quedaría tan embarrada que nunca más podrían levantar la cabeza.
Los ojos rasgados de Yahir se entrecerraron, volviéndose peligrosos. —¿No quieres tener un hijo mío?
Felisa apretó los labios y desvió la mirada. —Al menos no por ahora. Más adelante... todo dependerá de tu comportamiento.
A él le encantaba juzgar su comportamiento, ¿no? Pues ella le daría de su propia medicina.
...
Vaya, aprendía rápido.
—Sabes de medicina, deberías saber que esas pastillas hacen daño. Además, nadie se queda embarazada por hacerlo una o dos veces. —Yahir se puso de pie y señaló la mesita de noche—. Te dejé la ropa lista. Baja a comer cuando estés lista.
Al ver la espalda del hombre mientras salía, Felisa se apresuró a vestirse.
La talla era ridículamente perfecta, como si hubiera sido hecha a medida.
El sol del mediodía entraba a raudales por los grandes ventanales, bañando toda la casa con una luz cálida y acogedora.
Bajó descalza por la mullida alfombra, siguiendo el aroma a comida hasta llegar al comedor. Al ver al hombre salir de la cocina con unos platos en las manos, un destello de sorpresa cruzó su mirada.
—¿El Sr. Hernández sabe cocinar?
—Pruébalo.
Carne salteada con pimientos, verduras frescas y una reconfortante sopa de tomate. Dos platos y una sopa, simples pero con un aspecto tan delicioso que le abrieron el apetito de golpe.
No había comido absolutamente nada desde la tarde anterior, así que se moría de hambre.
Felisa tomó los cubiertos, probó un bocado y sus ojos se iluminaron al instante.
—Quién iba a decir que el prestigioso Sr. Hernández tuviera un talento tan escondido.
Qué sorpresa tan agradable.
Yahir le sirvió un tazón de sopa con tono calmado. —Al final del día, soy un ser humano común. También como. Cocinar es la habilidad más básica para sobrevivir.
Felisa llegó a la habitación 606. Apenas tocó el timbre, la persona adentro saltó como un gato asustado.
Adriana miró por la mirilla para asegurarse de que era ella. Abrió la puerta de golpe, la jaló hacia adentro, echó un vistazo paranoico al pasillo y pasó seguro de inmediato.
—Adriana, relájate, este lugar es muy seguro.
La seguridad del Hotel Real era de las mejores en todo Santa Fe.
—¡Hombre precavido vale por dos! No te imaginas lo horrible que fue anoche...
Adriana la tomó de las manos, sin poder parar de hablar sobre su traumática experiencia.
—Me acorralaron y, para no morir, me metí corriendo en una zona restringida. De perdidos al río, pensé. Pero me agarraron y me encerraron en una jaula.
—Pensé que jamás volvería a ver la luz del sol... que no te volvería a ver...
Agarró las manos de Felisa con fuerza, con los ojos llorosos. —Linda, ¿fuiste tú quien le pidió al Sr. Hernández que me salvara?
—Sí, y para lograrlo tuve que sacrificarme por la causa. Ese hombre se aprovechó de la situación —Felisa levantó la mano y le dio un golpecito en la frente—. ¡Pero mira qué valiente! ¿Cómo se te ocurre meterte en esos lugares?

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