—Fue gracias a Enzo, de lo contrario no habría tenido forma de conseguirlo —dijo Felisa con una sonrisa ligera—. Él me recomendó este modelo. Me comentó que siempre has tenido debilidad por los relojes y que eres una gran coleccionista.
—Es increíble que se haya acordado —respondió Elena, poniéndose el reloj con gran entusiasmo—. Agradécele de mi parte cuando lo veas.
—Déjame ayudarte.
Felisa se acercó y ajustó el broche de la correa con cuidado.
La esfera era delicada y el brillo metálico tenía una elegancia sutil, resaltando a la perfección la muñeca fina y radiante de Elena, dándole un aire aún más sofisticado y profesional.
—Cuando subí hace un momento, me pareció ver a Vanessa Rojas en el pasillo —comentó Felisa, como si el detalle careciera de importancia.
Elena le sirvió una taza de café y respondió con indiferencia:
—Vino a buscarme, dijo que necesitaba hablar conmigo, pero no la recibí. Suerte que investigaste bien sus antecedentes; de lo contrario, casi me dejo engañar por esa carita de inocente palomita.
—En realidad, su vida privada no es lo más importante —dijo Felisa en un tono calmado—. Mientras haga bien su trabajo y no cause escándalos públicos, es suficiente. No le guardo rencor personal, simplemente no es de mi agrado.
Ella nunca atacaba a nadie sin razón y respetaba cómo cada quien decidía vivir su vida. Querer escalar posiciones y buscar una vida mejor estaba en la naturaleza humana.
—De todos modos, tú tienes la última palabra; yo no me meteré en la elección de la embajadora.
—Pasado mañana por la noche, planeo organizar un banquete promocional en el Hotel Real.
Felisa deslizó una elegante invitación sobre el escritorio.
—Ahí estaré puntual.
...
El día del banquete llegó en un abrir y cerrar de ojos.
El salón estaba repleto de invitados ilustres; empresarios y damas de sociedad vestían sus mejores galas. Bajo el brillo deslumbrante de las lámparas de cristal, las copas chocaban en un ambiente festivo y lujoso.
Felisa llevaba un vestido largo de satén negro, ajustado a la cintura. El pronunciado escote en V le daba un aire sobrio pero imponente, delineando a la perfección su envidiable figura. La falda caía pesadamente hasta el suelo, proyectando una imagen de elegancia fría y majestuosa. Su única joyería eran unas perlas discretas; un estilo minimalista que evitaba opacar a la estrella de la noche.
Se movía con total soltura, saludando e interactuando con cada uno de los invitados.
Este era el primer evento a gran escala que organizaba desde que tomó las riendas de la Corporación Valenzuela.
Ricardo Valenzuela también asistió, trayendo consigo a Bianca Valenzuela.
—Felisa, felicidades.
Al cruzar miradas con su hermana mayor, Bianca se notaba algo incómoda.
Siempre se habían llevado mal desde pequeñas. Aunque su relación había mejorado un poco recientemente, todavía le resultaba difícil actuar con naturalidad.
Ricardo, con una sonrisa conciliadora, intervino para romper el hielo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA