Al mediodía, Felisa bajó a comer.
"¡Felisa!".
Una vocecita alegre resonó. Una pequeña figura corrió rápidamente hacia ella. Felisa abrió los brazos con una sonrisa, se agachó un poco y lo atrapó firmemente.
Levantó a Sebastián Valenzuela con facilidad y lo sopesó, su voz suave y cálida. "Sebas ha crecido mucho, ¡y pesa más!".
Cuando se fue de la casa de los Valenzuela hace tres años, Sebas apenas le llegaba a las rodillas, pero ahora ya casi le llegaba a la cintura.
"Felisa, ¿dónde estuviste todos estos años? ¿Por qué no me llamaste? Te extrañé mucho".
Sebastián rodeó su cuello. Su carita infantil aún tenía rastros de gordura de bebé, y sus ojos oscuros y brillantes la miraban con una terquedad inocente. Aunque eran medios hermanos, él siempre había dependido mucho de ella, y su cariño era genuino.
Este niño era la segunda persona en esa casa, después de su padre, que le mostraba un afecto sincero.
Acarició su cabeza con suavidad. "Yo también te extrañé, Sebas. Pero ya estoy aquí".
"¿Te vas a volver a ir?".
"No, ya no me voy".
"¿De verdad? ¿Eso significa que podré verte todos los días?".
"Así es".
"¡Qué bien!".
La alegría de Sebastián era evidente; su pequeño cuerpo se mecía en los brazos de Felisa.
Lorena y Bianca bajaban por las escaleras justo en ese momento y presenciaron la conmovedora escena entre los hermanos.
"Sebas, bájate. No vayas a cansar a tu hermana".
El tono de Lorena era suave, y su rostro reflejaba el amor por su hijo menor.

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