Felisa caminó por un pasillo apartado, copa de champán en mano, alejándose del ruido de la gala. En ese rincón, el ambiente se volvió sereno.
—¿La señorita Rojas viene a abogar por Sandra?
Vanessa soltó un ligero suspiro, fingiendo una profunda tristeza.
—La verdad es que su comportamiento de hoy fue despreciable y no merece el perdón de nadie. Que la presidenta Valenzuela no llamara a la policía fue un verdadero golpe de suerte para ella. Aunque he trabajado a su lado durante muchos años y le tengo cierto cariño, jamás encubriría ni toleraría algo tan bajo.
—¿Ah, sí? Entonces, ¿qué es lo que busca la señorita Rojas...?
—Presidenta Valenzuela, Luciana está herida y no podemos permitir que la campaña publicitaria de los nuevos productos fracase esta noche. Si no tiene inconveniente, yo podría...
—No sería lo adecuado.
Felisa la interrumpió de tajo, sin dejarla terminar la frase.
Vanessa se quedó helada. —Presidenta Valenzuela, sé que tiene una idea equivocada sobre mí y por eso prefirió a Luciana como imagen oficial de Vitti. Pero, ya sea por fama o por talento, yo soy mucho más adecuada que ella.
—Mi impresión sobre ti es distinta a lo que dictan los rumores, pero no tengo ningún prejuicio personal en tu contra. Sin embargo, el carácter y el estilo de Luciana encajan mucho mejor con la elegancia que exige una marca como Vitti.
—Presidenta Valenzuela, ahora que Luciana está herida, le ruego que me dé una oportunidad.
—Lo lamento, pero los papeles ya están firmados. El contrato no puede modificarse.
¿Firmados?
¿Cuándo demonios habían firmado?
La sonrisa en el rostro de Vanessa se agrietó.
Esa misma noche Luciana había sufrido el accidente nada más aparecer; era imposible que hubiera tenido tiempo de firmar algo.
—El acuerdo se cerró hace ya una semana, simplemente no habíamos hecho el anuncio oficial, pues planeábamos revelarlo esta noche —dijo Felisa dando un sorbo a su champán, y asintió con una sonrisa tranquila—. Quizás en el futuro tengamos la oportunidad de trabajar juntas, señorita Rojas.
Al ver cómo Felisa se daba la vuelta para marcharse, la sonrisa de Vanessa se desvaneció por completo. Ese rostro, que habitualmente irradiaba inocencia y pureza, se contorsionó en una máscara repulsiva y llena de odio.
Había hecho un alboroto inmenso para nada. No solo se quedó con las manos vacías, sino que su plan le estalló en la cara.
Como solo había dos hombres en la sala, era evidente que el dardo iba directo al cuello de Ignacio.
Ignacio presionó la lengua contra su mejilla, en una mezcla de diversión y coraje. —Ese insulto estuvo demasiado directo, ¿no crees?
—Es que al Sr. Casal le encanta ponerse el saco. ¿Yo qué culpa tengo? —Elena se encogió de hombros y se giró hacia Felisa—. Luciana está herida, ¿van a posponer el anuncio oficial?
—No será necesario.
Elena no pudo evitar soltar un suspiro incrédulo. —Quién iba a decir que Vanessa Rojas, con esa carita de ángel inocente, tuviera un alma tan podrida solo para conseguir fama. Desechar a la mánager que estuvo a su lado por años sin decir una sola palabra para defenderla... qué sangre fría.
Felisa bebió un sorbo de café y habló con tranquilidad. —Así es la naturaleza humana. Por eso, quienes logran mantener sus valores intactos son los verdaderos tesoros.
En una industria tan tóxica y corrompida como la del entretenimiento, la honestidad y transparencia de Luciana eran una joya rara de encontrar.
Esa comparación solo reafirmó que no se había equivocado al elegirla.
Ignacio entrecerró los ojos. —¿Y cómo estás tan segura de que Vanessa estaba involucrada y que Sandra no actuó por cuenta propia?

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