Las pupilas de Alfonso se contrajeron de golpe.
¿Acaso no sentía culpa? ¿Acaso su conciencia no le remordía? Precisamente por eso, cada vez que regresaba a su lado, intentaba compensarla dándole todo lo que podía. Ropa de diseñador, joyas, dinero, acciones... Usó cualquier bien material a su alcance para intentar borrar el error que había cometido.
Pero al final, ella descubrió su peor secreto.
Su voz salió ronca y rasposa. —Aunque no me creas, este corazón, desde el primer día y hasta hoy, solo te ha amado a ti.
—Decías que te aburrías porque yo ya estaba vieja, que sentías que te estaba obligando a casarte conmigo. Esas fueron palabras que tú mismo dijiste a los cuatro vientos, Alfonso —Felisa soltó una risa amarga que no llegó a sus ojos, donde solo se reflejaba un hielo cortante—. Sé que ya no soy una jovencita de dieciocho años, ¡pero tampoco he perdido la memoria para olvidar tan rápido!
Un destello de arrepentimiento cruzó los ojos de Alfonso, e intentó justificarse con desesperación. —Solo fueron estupideces que dije sin pensar. Jamás creí eso de verdad.
—Felisa, ponte en mi lugar. ¿Qué hombre en este mundo puede soportar vivir como un monje, sin tocar a una mujer, aguantando la soledad?
—Escúchame, en cuanto Isabella dé a luz, le daré un cheque, la mandaré lejos para siempre, y me dedicaré en cuerpo y alma a ti y al bebé.
—¿No decías que tu mayor sueño era que formáramos una familia feliz los tres?
—Ahora que estamos a punto de lograrlo, ¿por qué te echas para atrás?
Felisa sintió que acababa de escuchar el chiste más grotesco de su vida. Soltó una carcajada baja, cargada de desolación y asco puro.
—La familia que yo quería era una familia limpia, leal. No un hombre que se revuelca con otras y luego trae a casa al hijo de su amante para intentar apaciguarme. ¡Me das un asco infinito!
Con un movimiento brusco, se sacudió las manos que aún la sujetaban por los hombros y dio un paso atrás, marcando una distancia insalvable entre los dos.
—Yo no rompí ninguna promesa. Fuiste tú quien pisoteó y destruyó cada una de mis esperanzas.
—Ya me traicionaste a mí, no deberías traicionar también a la mujer que te ama y que está esperando un hijo tuyo.
Dicho esto, se dio la media vuelta para irse.
—¡Felisa!
Alfonso se interpuso en su camino rápidamente, con una mirada obstinada y enfermiza, teñida por el dolor de un animal herido. —Aparte de ti, jamás amaré a ninguna otra mujer en mi vida.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA