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El Mes Que Fuimos Verdad romance Capítulo 983

Afuera no había más que oscuridad. La lluvia arreciaba y empapaba el estrecho sendero que se perdía entre los árboles. No pasaban vehículos ni se divisaba la luz de ninguna linterna. Eso significaba que nadie lo había seguido.

Silas volvió a sentarse, intentando convencerse de que todo se reducía a los ruidos de la naturaleza. Unos minutos después, su cuerpo se tensó.

Esta vez, el sonido venía del interior de la casa.

Levantó la pistola, apuntó hacia el techo deteriorado y luego dirigió la mirada despacio hacia el estrecho pasillo que comunicaba la sala principal con la cocina. De nuevo, solo lo recibió el silencio. No había pasos. Ni sombras. Solo el sonido de la lluvia que azotaba sin tregua el techo y las paredes de madera.

Silas bajó despacio la pistola y suspiró. Por primera vez en su vida, sintió algo que solo había visto en la cara de los demás.

Miedo.

Antes él era quien no dejaba dormir a los demás. Quien obligaba a sus víctimas a mirar hacia atrás a cada momento, temerosas de que cualquier sonido fuera señal de que la muerte se acercaba.

Ahora la situación se había invertido.

Cada rumor del viento hacía que Silas volteara alarmado. Cada sombra que se movía más allá de la ventana parecía alguien que lo vigilaba desde lejos. Se esforzaba por pensar con claridad.

Nadie sabía de ese lugar. Nadie vio hacia dónde huyó después de abandonar el auto. Era imposible que la gente de Cale se hubiera movido tan rápido.

Se repetía aquellas palabras, pero cuanto más intentaba calmarse, más inquieto se sentía. Empezó a sentir un frío inusual, no solo por el aire de la montaña, que le calaba hasta los huesos, sino porque iba perdiendo fuerzas.

La pérdida de sangre por la herida de bala en el muslo lo ponía cada vez más pálido. Respiraba con más dificultad mientras la fiebre comenzaba a nublarle la conciencia. Incluso sostener la pistola le resultaba ahora mucho más difícil que apenas unas horas antes.

Silas miró la hora en la pantalla del celular. Era casi medianoche.

Se pasó por la cara una mano que ya empezaba a temblar. Los párpados le pesaban cada vez más, como si el cuerpo lo obligara a detenerse, aun cuando su mente no dejaba de gritarle que se mantuviera despierto.

—Solo necesito dormir un poco —murmuró—. Mañana todo será más fácil.

Apoyó la cabeza contra la pared de madera. La pistola seguía firme en su mano, con los dedos aferrados a la empuñadura como si fuera lo único que lo mantenía con vida.

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