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El Precio del Desprecio Dulce Venganza (Valentina y Mateo) romance Capítulo 1177

Joana asintió dócilmente.

—Leandro, entra tú.

—Entonces tú y Nina vuelvan a casa temprano —dijo Leandro—. Voy a pedirle al chofer que las lleve primero, y en cuanto termine el banquete de cumpleaños, regreso con ustedes.

Leandro lo había dispuesto todo con su habitual consideración.

—Leandro, Nina y yo no queremos volver a casa —dijo Joana—. Aunque Federico no reconozca a Nina, ella siempre lo ha respetado en su corazón. Si no la deja entrar, está bien, nos quedaremos aquí afuera. Para nosotras, eso también es una forma de celebrarle el cumpleaños. Cuando todo termine, volvemos juntos a casa.

Esas palabras le llegaron al alma a Leandro. La miró con los ojos llenos de ternura, con el pecho apretado.

—Joana, no te preocupes. Yo nunca te voy a fallar, te lo juro.

—Leandro, con escucharte decir eso me basta. Por ti haría cualquier cosa.

—No digas esas cosas, que traen mala suerte. Nosotros vamos a estar juntos para siempre.

—¡Sí! Anda, entra ya, que te están esperando.

—Bueno, me voy.

Leandro se fue, aunque de mala gana.

Apenas su figura se perdió de vista, la sonrisita tierna que Joana había mantenido todo ese tiempo desapareció de un segundo a otro. Se dejó caer en el asiento del auto.

Nina, por su parte, no estaba para ver el teatrito romántico de sus padres. Tenía la cabeza en otro lado: esta noche no la habían dejado entrar al banquete.

—Mamá —dijo Nina, molesta—, papá es un inútil de verdad. Me puse toda elegante para esta noche y ni siquiera pudo convencer al abuelo de dejarme pasar.

—¡Cierra la boca! —la cortó Joana con la cara fría como el hielo—. Nada de hablar mal de tu padre.

En ese momento un auto de lujo llegó a toda velocidad. El chofer bajó y abrió la puerta trasera, y del vehículo descendió una figura conocida.

Nina la reconoció de inmediato.

—Mamá, mira, ¡llegó Sara!

Joana la vio.

La protagonista de la noche, Sara, hizo una entrada deslumbrante, enfundada en un vestido largo de alta costura. Llevaba el cabello recogido con elegancia y unos pendientes de perlas que brillaban suavemente junto a su rostro. Con solo estar ahí de pie, parecía salida de otro mundo.

Joana sintió una amargura difícil de disimular. En inteligencia y astucia, Katia jamás había sido rival para ella; de hecho, Joana casi había logrado destruirla por completo.

Pero Katia había tenido la suerte de traer al mundo a una hija como Sara: con apellido, con talento, con belleza, y encima con una estrella envidiable. Había logrado casarse con Luis, y para colmo, su vientre no tardó en dar frutos.

Y luego estaba su propia hija, Nina. Que no le llegaba ni a los talones.

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