Desde entonces, en cada aniversario de bodas, él volvía a repetirle esas mismas palabras.
Sintió que el corazón se le rompía en pedazos; le costaba respirar.
—¿Abogada Jaramillo? ¿Me está escuchando?
La voz de Micaela la sacó de sus pensamientos.
Adriana levantó la mirada. Micaela le tendía la mano con una amplia sonrisa.
—¿Me lo puede devolver? Aunque no vale mucho dinero, le tengo mucho cariño.
Adriana le devolvió el llavero; le temblaban los dedos y los tenía helados.
—Señorita Huerta, gracias por la información proporcionada. Me pondré en contacto con usted si tengo más preguntas.
Micaela tomó su bolso y se levantó. Miró a Adriana con una sonrisa profunda.
—Perfecto, la consulta de hoy ya terminó. Abogada Jaramillo, muchísimas gracias. Intercambiemos números.
Dicho esto, se dio la vuelta para salir, mientras marcaba un número en su celular. En el instante en que contestaron, su tono se volvió mimoso.
—¡No me importa, hoy no te puedes ir! Quiero que me prepares la cena tú mismo.
Casi al mismo tiempo, la pantalla del celular de Adriana se iluminó.
Era un mensaje de Damián.
*Cariño, el viaje de negocios se alargó, regreso mañana. Te llevo un regalo para compensarte, te amo.*
Adriana se quedó petrificada.
Por un instante, sintió que la sangre le hervía y se le helaba al mismo tiempo, recorriéndola desde los pies hasta la cabeza. No podía dejar de temblar.
Se puso de pie tambaleándose, a punto de derribar la silla que tenía al lado.
—¿Adriana? ¿Estás bien? —preguntó su asistente, mirándola con preocupación.
Adriana agarró las llaves del auto. Le temblaban las manos, pero su voz sonó fría y dura.
—Cúbreme por una hora, por favor. Gracias.
La asistente se quedó atónita.
—Ah, claro, pero los jefes dijeron que no se pueden pedir permisos para el viaje de mañana.
Cuando terminó la frase, Adriana ya había salido. Había cosas que necesitaba ver con sus propios ojos.
Micaela aún no se había alejado mucho; estaba pidiendo un taxi en la calle. Adriana arrancó su auto y la siguió.
Atravesaron media ciudad hasta que el auto se detuvo frente a un complejo residencial muy familiar.
Pisó el freno y no pudo moverse más.
Era la casa en la que ella y Damián habían vivido recién casados. Luego, a Damián le pareció pequeña y se mudaron a una residencia mucho más grande en el centro.
Sentada en el auto, a través del parabrisas, observó cómo Micaela se acercaba a la puerta y el escáner de reconocimiento facial la autorizaba.

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