Carolina esperaba en la entrada de la casa, mirando su celular mientras el Uber aceptaba la solicitud.
La casa quedaba lejos del centro, así que tuvo que esperar unos diez minutos antes de que llegara el carro.
No se dio cuenta del lujoso Mercedes que se ocultaba en las sombras de la noche.
Mauro miró su reloj y murmuró:
—¿Apenas llegas a casa y ya te vas de nuevo?
Solo cuando se tumbó en su pequeño departamento de cien metros cuadrados, Carolina sintió que volvía a respirar, como si recuperara la vida que creía perdida.
Revisó el saldo de su tarjeta bancaria. Le faltaba poco para juntar lo suficiente y comprar, de una vez, ese departamento.
Desde la universidad, Carolina casi siempre había vivido sola, rentando aquí y allá. Pablo, su papá, nunca le negó la matrícula, pero desde que cumplió la mayoría de edad, ella tomó la decisión de alejarse de la familia.
Ahora, la familia Sanabria se sentía lejana. Como si fuera una extraña en su propia casa.
Para Pablo, ella no era más que una ficha útil en su tablero.
Si quería terminar de una vez el compromiso con Alexis, sabía que tendría que enfrentarse a su papá, aunque eso significara romper cualquier lazo.
Pensando en eso, el sueño la fue venciendo poco a poco hasta quedarse profundamente dormida.
...
A las cinco de la tarde, saliendo del juzgado con su traje negro y la mirada cansada, apenas había despedido a su cliente cuando sonó el teléfono: era su papá.
—Carito, hoy tienes que venir a cenar con Alexis. La señora preparó tu platillo favorito, acuérdate de llegar temprano.
Carolina colgó y soltó una risita sarcástica.
No pensaba llamar a Alexis, así que mejor iría y les diría las cosas como eran.
—¡Señorita, ya regresó! —Carina, la empleada de toda la vida, la recibió en la puerta.
Solo Carina seguía llamándola “señorita”. Cada vez que lo hacía, Zoe ponía los ojos en blanco.
—Carina, te traje unos pastelitos de la calle Sur. Sé que te encantan.
—Gracias, señorita, sigues siendo igual de buena conmigo. Si la señora aún viviera...
Carolina le sonrió y le dio una palmada en el hombro.
—Ya no digas eso, que si te oyen de nuevo, te van a meter en problemas.
Entró al recibidor con su traje de oficina, seria y elegante. Pablo la miró de arriba abajo, con el ceño marcado.


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