Al día siguiente, Mauro notó que Carolina lo miraba de una manera rara, como si estuviera escondiendo algo.
—¿Tengo algo en la cara? —preguntó él, alzando una ceja.
—No —contestó Carolina, mordiendo un pedazo de pan y dudando un poco antes de seguir—. Mauro, ¿cada cuánto te haces un chequeo médico?
Él frunció el ceño, aún más desconcertado.
—Me hago exámenes completos todos los años, no te preocupes, estoy sano.
—Ajá…
Carolina seguía pensando en algo y, aunque quería decirlo, decidió guardarse sus dudas. Si lo decía, tal vez Mauro se sentiría incómodo y eso no era lo que quería.
—Mi papá dijo que hoy en la noche, en el Club Época Dorada, vamos a definir los detalles de la boda. ¿Quieres avisarle al señor Pablo para que venga también?
Carolina asintió.
—Está bien, luego le llamo.
En el fondo, a ella le daba igual si Pablo iba o no. Mucha gente sueña con ese momento en el que el papá le entrega la mano de la hija al novio en el altar, pero Carolina ya había dejado de esperar cualquier cosa de Pablo desde hacía tiempo.
Mauro notó que a Carolina le costaba hablar de Pablo, así que prefirió no presionar y cambió de tema.
...
Por la noche, en uno de los salones VIP del Club Época Dorada, Carolina llegó acompañada de Mauro. Pablo llegó poco después, tan solo unos pasos detrás de ellos.
—Carito, hija, me avisaste de último momento, tu papá ni tuvo oportunidad de prepararse —soltó Pablo con una sonrisa forzada.
Llevaba en la mano unas pinturas y antigüedades, que le ofreció a Mauro intentando quedar bien.
—Esto es un pequeño detalle para el señor Benjamín.
Mauro apenas le dirigió una mirada.
—Gracias, señor, puede dejarlo ahí.
La actitud distante de su futuro yerno puso incómodo a Pablo, pero no se atrevió a decir nada. Era imposible competir con alguien tan poderoso.

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