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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 218

Benjamín pensó, por fin cambió la forma de llamarla, al menos estas acciones valieron la pena.

—No seas así, mi amor, la mitad de las acciones que tengo a mi nombre también son tuyas.

A Benjamín casi se le fue el aire del coraje.

—Mauro, tú...

—¿Qué pasa, papá? Todo lo que tengo a mi nombre, pues es la mitad de mi esposa, ¿no es lo más normal?

—Tranquilo, papá, no vamos a divorciarnos. Y si llegáramos a hacerlo, seguro sería porque yo cometí un error. Si eso pasara, merecería la consecuencia y asumiría mi responsabilidad.

Benjamín se quedó con sentimientos encontrados, no esperaba que su hijo pasara de ser un despistado a ser tan radical de la nada.

Se le torció un poco la boca, resignado.

—Está bien, está bien.

Ya le había dado la empresa, así que, que haga lo que quiera, él ya no pensaba meterse.

Carolina miraba todo, sorprendida, y con su mano temblorosa jaló la manga de Mauro, queriendo decirle algo.

Pero él, sin despegar la mano apoyada en la mesa, de repente tomó sus dedos con firmeza y los envolvió en su palma, dejando ver una sonrisa triunfante en sus labios.

En ese momento, lo que sostenía no era solo su mano, parecía tener el mundo entero en sus manos.

Con el pulgar acarició con delicadeza la unión de su pulgar e índice, y luego dijo:

—Señor Pablo, ¿qué le parece, está satisfecho ahora?

Ese “señor Pablo” tan cortante hizo que el hombre supiera que era su turno de hablar.

La tarjeta con quinientos mil pesos que había preparado en el bolsillo ahora se sentía poca cosa.

—Mauro, justo tenía pensado transferirle el 10% de las acciones a Carito. Ella ya tiene el 25%, así que con esto suma el 35%. Claro que las acciones de Sanabria Innovación no se comparan con las tuyas, pero es mi manera de mostrarle mi cariño.

Así, las acciones de Carolina pasaron del 25% al 35%, convirtiéndola en la accionista mayoritaria de Sanabria Innovación.

Ella no salía de su asombro de que Pablo fuera tan generoso; pensaba que tendría que ingeniárselas poco a poco para conseguirlo, pero al final todo fue más fácil de lo esperado.

Sintió la yema de un dedo rozándole la palma de la mano, y al mirar de reojo, Mauro le guiñó el ojo con picardía.

¡Él lo había planeado todo!

—Mauro, estás borracho.

De repente, Mauro se enderezó, su perfil recortado por la luz del carro, con las mejillas coloradas por el alcohol y la expresión suavizada.

—No estoy borracho.

—Eres alguien que lo merece.

Los ojos de Carolina se llenaron de una tristeza que no lograba explicar. Giró la cabeza para disimular, pero una lágrima se coló y humedeció sus pestañas.

Nadie antes le había hablado con tanta sinceridad.

—No llores.

Él, con los dedos un poco fríos, le quitó la lágrima que aún no caía, y luego se inclinó despacio para besarle los párpados.

—No llores, que cada vez que te veo llorar, me dan ganas de besarte.

Carolina: .........

¿De verdad tenía compasión de ella cuando no lloraba? Porque, hasta donde ella recordaba, tampoco la dejaba en paz en esos momentos.

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