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El Tío que Robó Mi Corazón romance Capítulo 219

—¿Papá, le cediste el 5% de tus acciones a Carolina? —Petra chilló incrédula, con la voz aguda y el ceño arrugado.

Benjamín levantó una ceja blanca, su mirada se volvió dura.

—¿Qué pasa? ¿Ahora resulta que tengo que pedirte permiso para decidir a quién le doy mis acciones?

Petra se apresuró a justificarse.

—No, papá, no quise decir eso. Yo sé que no necesitas mi permiso. Solo que…

Se mordió el labio y pisoteó el suelo con impotencia.

—Solo que todo esto fue demasiado apresurado, eso es todo.

En el fondo, Petra hervía de coraje. Su esposo, Tadeo, era el mayor de la familia, había trabajado toda su vida para la empresa y apenas tenía el 15% de las acciones. Y su hijo, el nieto mayor de la familia Loza, ni un mísero porcentaje le tocó.

De nada servía que lo pusieran a cargo de una filial del Grupo Loza; eso no se comparaba con el poder y el prestigio de estar en la oficina central.

La indignación llenó a Petra, al punto que el color se le subió al rostro.

Mónica, que no aguantaba la boca cerrada, intervino con aire juguetón:

—Tía, ¿apresurado por qué? A mí me parece que el abuelo decidió bien. Si el tío se va a casar, ¿cómo van a ser tacaños con él?

—¡Entonces, ¿por qué no le da de su parte?! —Petra por fin soltó lo que en verdad sentía, casi gritando.

Benjamín frunció el entrecejo y giró la mirada hacia Tadeo, que había permanecido callado todo el rato.

—¿Tú también piensas así, Tadeo?

Tadeo apretó las manos sobre las rodillas y las soltó de inmediato, con un gesto seco.

—Papá, yo no pienso eso.

Miró a su esposa, y su voz se volvió cortante:

—Petra, desde el principio, cuando papá eligió al sucesor, dejó claro que dos terceras partes de las acciones del Grupo debían estar a nombre de Mauro. Eso nunca va a cambiar, y yo siempre apoyé esa decisión.

Por dentro, Tadeo sentía un sabor amargo. ¿De qué servía no estar de acuerdo? Si papá ya lo había decidido, nadie lo iba a hacer cambiar de opinión.

—Perfecto —sentenció Benjamín.

Luego volteó hacia Alexis, su nieto, que había estado mirando el suelo y jugando con la punta de su zapato.

Por dentro, Marisol sentía una mezcla de rabia y resignación, como si le hubieran hecho tragar un trago amargo.

...

En otro lado de la ciudad, Zoe, la mejor amiga de Marisol, también estaba lidiando con un mal día.

—Papá, ¿por qué hoy el señor Julián me dijo que ya no tenía que venir a la oficina?

Zoe siempre había tenido un puesto de adorno en la empresa de su papá. Iba de vez en cuando, escuchaba a los empleados halagarla, y sin hacer nada se embolsaba un sueldo que usaba como dinero extra para sus caprichos.

Pero hoy, el director de recursos humanos la había llamado a su oficina, y así sin más, le dijo que estaba despedida.

¿Despida? ¿Ella? ¿La hija del dueño de Sanabria Innovación? ¡Era una locura!

Pablo, su papá, tampoco entendía nada. Marcó de inmediato la extensión interna.

—¡Que me pasen a Julián!

[Señor Pablo, la principal accionista de la empresa vino hoy. Julián está con ella en este momento.]

—¿Qué accionista principal? —Pablo sintió un mal presentimiento, como si algo se le revolviera en el estómago.

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