Alexis sintió como si le hubieran dado una descarga eléctrica.
¿Ellos… ya pasaron la noche juntos?
Esa idea lo atravesó como una espina que no podía sacar.
Cuando estaban juntos, ni siquiera quería tomarle la mano; todo en su cabeza giraba alrededor de Marisol.
Pero ahora, al saber que Carolina en verdad se había alejado para siempre, el dolor lo ahogaba, como si no pudiera respirar.
La persona que le juró amor eterno, ¿cómo fue que al darse la vuelta un segundo, ella ya estaba tan lejos?
¡Mentirosa!
¡Todos son unos mentirosos!
Alexis regresó a la casa. Subiendo las escaleras, estuvo a punto de tropezar y caerse.
Tal vez fue el escándalo, o simplemente que Marisol no podía dormir. De cualquier manera, ella saltó asustada y corrió a ayudarlo.
—Alexis, otra vez te pusiste a tomar.
Alexis sacudió la cabeza y levantó un dedo.
—Sólo un poco. Un traguito nomás.
—Un poco, sí. —Marisol suspiró, cargándolo como pudo de vuelta a la habitación. Después, con esa paciencia que la caracterizaba, bajó a la cocina y le preparó una bebida casera para el malestar.
Cuando subió de nuevo, no lo encontró en la cama, sino sentado en el baño.
A pesar de su borrachera, Alexis todavía tuvo la conciencia de vomitar en el inodoro y hasta le bajó al agua.
Él quedó tirado en el piso, una mano sobre la frente y la garganta emitiendo gemidos apagados.
—Alexis, ven, tómate esto. Te va a ayudar a sentirte mejor —insistió Marisol, acercándole la taza.
Por un momento, Alexis juró ver a Carolina en el rostro de su hermana. Antes, cuando regresaba de alguna fiesta, Carolina también le preparaba esa bebida para que se sintiera mejor.
En aquellos tiempos, Alexis sólo se deshacía de la taza en cuanto ella se daba la vuelta, sin importarle.
Ahora, esa escena era sólo un recuerdo. Carolina jamás volvería a prepararle nada.
Alexis tomó la taza y bebió grandes tragos, como si quisiera ahogar la nostalgia.
—Alexis, ¿por qué tan formal? —Marisol le sonrió dulcemente—. Soy tu esposa, es mi deber cuidarte...
Al decirlo, bajó la cabeza con timidez, el rubor subiéndole a las mejillas.
El comentario lo sacudió como un balde de agua fría. La palabra “esposa” le devolvió la lucidez.
¡No era ella! ¡Nunca fue ella!
—Marisol, quiero darme una ducha. ¿Puedes llevarte esto, por favor?
—Marisol, ¿Alexis ya llegó a la casa?
—Sí, ya está aquí.
Petra pensó que ya era hora de que su hijo y su nuera le dieran un nieto. Lo mejor sería apurarlos.
—Mira, Marisol, no es por apurarte, pero tienen que ponerse las pilas. Ya viste lo que pasó con tu cuñado: se casó y, sin más, le regalaron el cinco por ciento de las acciones a una extraña. Si ustedes se esfuerzan y tienen un bebé, ¡ese sería el primer bisnieto de tu suegro! Y créeme, a su propio bisnieto no le va a escatimar nada.
—Pero, mamá...
—Ay, no empieces con peros. ¿A poco no te gustaría tener un hijo de ustedes?
Por supuesto que Marisol lo deseaba. Pero Alexis cada vez la trataba con más distancia, y aquello sólo había pasado una sola vez.
Esa única vez fue porque ella, con mucho trabajo, logró seducirlo.
Pensar en eso la llenó de amargura.
¿Por qué su cuñado consentía tanto a Carolina, mientras que su propio matrimonio era tan diferente?
¡Qué injusticia!
Si lo hubiera sabido antes, jamás habría apostado todo por Alexis. Si no hubiera sido tan terca, si hubiera intentado conquistar al cuñado, tal vez ese cinco por ciento de las acciones ya sería suyo.
En ese momento, la puerta del baño se abrió...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Tío que Robó Mi Corazón