Por la tarde, cuando Hugo regresó a la oficina, traía el semblante tenso, como si hubiera cargado una nube sobre los hombros todo el camino.
Al pasar por el escritorio de Carolina, golpeó suavemente la superficie con los nudillos.
—Ven a mi oficina.
Carolina se apresuró a seguirlo. Cerró la puerta tras de sí y se acomodó, observando atenta a su jefe.
—¿Qué pasó, jefe? ¿La tarde no salió como esperabas?
Hugo asintió, con una mueca que no dejaba lugar a dudas.
—Sí. Cuando me iba, por pura casualidad vi a Rafael esperando en la sala de reuniones de ellos.
El gesto de Carolina se tensó también.
—No me digas… ¿Rafael quiere adelantarse y ganarnos el contrato?
Hugo arqueó una ceja, soltando una risa desdeñosa.
—¡Que lo intente, a ver si puede!
Apenas ayer estaba seguro de que el contrato ya era suyo, pero esa tarde, Gonzalo ni siquiera mencionó el tema. Al contrario, salió con que él solo no podía decidir, lanzando excusas para no comprometerse.
—Ese contrato de representación lo puede ganar cualquiera, menos Rafael.
No era la primera vez que Rafael y Hugo rivalizaban abiertamente en el bufete. A veces, hasta parecían buscar pretextos para competir y quitarse clientes.
Carolina apretó los labios, buscando palabras que no sonaran a consuelo barato.
—Jefe, tú tienes más experiencia que Rafael y llevas más tiempo en la firma. Si Grupo Loza se decide por Bufete Majestad, seguro te van a elegir a ti primero. No te preocupes.
No lo dijo porque creyera que su tío político les daría el contrato solo por eso, sino porque confiaba de verdad en la capacidad de Hugo.
—Está bien. En unos días volveré a Grupo Loza para tantear el terreno. Ahora sí, a trabajar.
...
La tarde voló y, cuando Carolina miró el reloj, ya habían pasado diez minutos de la hora de salida. Hoy le había prometido a la señora Petra que iría a la mansión Loza, y no pensaba faltar a su palabra.
De hecho, planeaba aprovechar la ocasión para hablar con los mayores de la familia Loza sobre la cancelación del compromiso. La boda estaba demasiado cerca y, si seguía postergando, después sería imposible explicarlo sin que pareciera una falta de respeto.
...
Mientras tanto, Alexis mantenía el ceño fruncido, lanzando miradas furtivas hacia la entrada principal de la mansión.
—Señor, ¿está esperando a alguien? —preguntó uno de los empleados, con una mezcla de curiosidad y respeto.


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