Apartamento.
—¿Así que todavía te acuerdas de volver? —aventó Leonor Medina, clavando la mirada en Oliver Rojas.
Aunque los dos estaban sentados en el mismo sofá, cada uno ocupaba una esquina, separados por un buen tramo de distancia.
En el rostro de Oliver apareció una sonrisa de esas que buscan calmar el ambiente.
—Ya, tranquila. Cuando termine este lío, prometo que voy a quedarme contigo todo el tiempo.
Intentó abrazarla, pero Leonor apartó su mano de inmediato.
—Siempre sales con lo mismo. ¡Puras promesas! Al final siempre tienes algo que hacer, siempre hay algo más importante.
Sus ojos lo fulminaron con enojo contenido.
La mano de Oliver quedó en el aire, y su sonrisa forzada se desvaneció por un instante.
Sin embargo, al verla ahí delante, resopló y trató de suavizar el ambiente.
—Leonor, ya basta. Tú sabes cómo estoy de ocupado… Además, la familia Santana mandó gente, y sabes perfectamente lo delicado que es esto. No me pongas en aprietos.
Al escuchar esas palabras, Leonor sintió un nudo que le apretó la garganta y la nariz se le llenó de una sensación amarga.
Quizá era por el embarazo, por el bebé que llevaba en el vientre, y esos cambios de ánimo que la hacían perder el control. Aunque Oliver solo decía lo que ya habían acordado antes, ella no podía evitar que la rabia la carcomiera por dentro.
—¡Lo que pasa es que quieres seguirte quedando allá! —La imagen de los mensajes que recibió durante el día le cruzó por la mente, y de pronto, los ojos se le nublaron, llenos de coraje y lágrimas mezcladas.
Apretó los dientes y transformó toda esa angustia en un deseo feroz de gritar.
Por su parte, Oliver, que acababa de gastar ochocientos mil pesos de un solo jalón, ya traía el humor por los suelos. Había pensado venir con Leonor para buscar consuelo, pero en vez de eso, se topó con reproches y reclamos. Su expresión se endureció de golpe.
—¡Deja de hacer drama!
Se frotó la frente, aguantando las ganas de perder la paciencia.
Leonor se quedó paralizada, mirando la expresión distante de Oliver. El miedo empezó a crecerle en el pecho.
—¡Yo te seguí desde el principio! Nos conocemos desde niños, fuiste tú quien me prometió que me ibas a llevar al altar. Pero apenas pudiste, te casaste con Ivana Santana. Yo te apoyé en silencio, sin pedir nada, convencida de que ibas a lograr el éxito que tanto querías… ¿Y así me pagas ahora?
Sus ojos se abrieron de par en par, incrédula.
Para Oliver, los reclamos sonaban cada vez más insoportables. Esa Leonor dulce y comprensiva que conocía, ahora solo le parecía una mujer al borde de la histeria.
¿Por qué no podía entenderlo? ¿Acaso no estaba luchando por un mejor futuro para ella y para el bebé?
El apartamento, que antes sentía cálido y acogedor, ahora lo asfixiaba con su estrechez.
No aguantó más; salió dando un portazo.
Ese portazo tomó a Leonor por sorpresa. Se quedó mirando fijamente la puerta, sin saber cuánto tiempo había pasado. Esperó… pero Oliver no volvió a entrar.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera