Lo soltó sin pelos en la lengua, dejando a las otras dos con las palabras en la boca.
Maite no pudo evitar mirar de reojo a Sofía, y notó cómo su mirada se ensombrecía ligeramente.
—Estoy de acuerdo con Sofía.
Maite asintió para apoyarla.
—Santiago no ha mantenido su puesto en la cima de Olivetto durante tantos años haciendo este tipo de bajezas. Además, aunque lo que te hizo en el pasado fue imperdonable y me cae pésimo, analizándolo con cabeza fría... no creo que haya sido él.
Al ver que ambas estaban de acuerdo, Esther hizo un puchero y decidió no discutir más.
Se dejó caer en el sofá con fastidio, rebotando en los cojines.
—Si no fue él, ¿entonces quién? Esa mujer lo dijo muy claro.
—Si no fue él, eso significa que el verdadero culpable es alguien sumamente calculador. Alguien que incluso previó que algún día yo investigaría todo esto.
Sofía se frotó la barbilla, sumida en sus pensamientos.
Esther también empezó a darle vueltas al asunto.
—Si no queda de otra, vuelvo a hackear las cámaras de la prisión.
A Esther se le acabó la paciencia. Se levantó de un salto del sofá, arremangándose como si fuera a empezar a teclear en ese mismo instante, y caminó hacia la puerta.
—Me temo que eso no se va a poder.
De pronto, una voz sonó desde la entrada, seguida por el ruido de la puerta abriéndose.
Flora apareció en el umbral. Le lanzó las llaves a Sofía, asintió a modo de saludo y luego fijó la vista en Esther.
—Las cámaras de la prisión solo guardan los videos por un año y medio. Hace poco hicieron limpieza y borraron todo.
Ante esta noticia, el entusiasmo guerrero de Esther se esfumó de inmediato. Se dejó caer de nuevo en el sofá, como un globo desinflado.
—Para mí que sí fue Santiago. Seguro no es tan íntegro como aparenta.
Refunfuñó con el ceño fruncido.
Era evidente que, en su lista negra, Santiago ocupaba el puesto número uno.
Sofía no sabía si reír o llorar. Comprendía que Esther solo la estaba defendiendo y sintió calor en el pecho, pero aun así le dio una palmada en el hombro para calmarla.
—De verdad dudo mucho que haya sido él. Pero si resulta que me equivoco, te aseguro que no se la dejaré pasar.
Mientras lo decía, Sofía levantó el puño en un gesto teatralmente amenazador.
Al verla así, Esther se tranquilizó un poco.
Se aclaró la garganta y murmuró:

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