KIERAN:
En menos de un segundo estaba frente a ella, mi rostro transformado en lo que era, una bestia. ¿Cómo se atrevía ésta humana a faltarme el respeto de esa manera y no solo eso, a amenazar a mis cachorros? El rugido que salió de mi garganta hizo temblar las paredes de la habitación. La sujeté del cuello y la levanté del suelo, mi lobo exigiendo sangre por su insolencia.
—¡SILENCIO! —rugí, con mis colmillos a centímetros de su rostro— He destrozado gargantas por mucho menos que esto, pequeña humana insolente. ¿Crees que por llevar a mis herederos tienes derecho a hablarme así? Podría arrancarte la lengua ahora mismo.
Podía escuchar cómo su corazón latía desbocado, pero aún así, sus ojos... esos malditos ojos verdes seguían desafiándome. En mil años nadie se había atrevido a mirarme así. Ni siquiera los alfas más poderosos osaban sostenerme la mirada.
—Te quedarás aquí —gruñí, apretando más mi agarre—. Y si vuelves a mencionar siquiera la idea de dañar a mis cachorros, conocerás el verdadero significado del terror. No me importa si tengo que encadenarte, no irás a ninguna parte.
La solté bruscamente sobre la cama. Mi lobo aullaba pidiendo someterla, mostrarle su lugar. Esta insignificante humana necesitaba aprender que nadie, NADIE, me desafiaba y vivía para contarlo.
—No tienes idea de lo que soy capaz —me incliné sobre ella, todo mi cuerpo tenso por la furia—. No me tientes, pequeña humana. No soy conocido por mi paciencia.
A pesar del terror que la paralizaba, la rabia superó su miedo. Se incorporó en la cama, temblando pero con la barbilla en alto.
—¡Mátame entonces! —me gritó, incorporándose con lágrimas de furia en sus ojos— ¡Prefiero morir que ser tu prisionera! No soy una de tus lobas sumisas que agachan la cabeza ante ti. ¡Soy un ser humano, no tu propiedad!
Las palabras me golpearon como un látigo, haciendo que mi lobo rugiera con más fuerza. Esta pequeña humana tenía agallas, debía reconocerlo. La furia me cegó por completo. En un movimiento la tenía inmovilizada contra el colchón, mi cuerpo sobre el suyo, mis garras hundiéndose en sus muñecas.
—¿Morir? —rugí contra su rostro— No, pequeña fiera, la muerte sería demasiado piadosa. Te mantendré viva, te mantendré aquí hasta que entiendas que me perteneces. Tú, los cachorros, todo.
Su corazón latía desbocado contra mi pecho, pero aún así, seguía desafiándome con la mirada. El aroma de su miedo mezclado con su rabia me estaba volviendo loco.
—Eres valiente, lo admito —gruñí, acercando mi rostro al suyo—. Pero también estúpidamente temeraria. No tienes idea de con quién estás tratando.
El lobo dentro de mí exigía someterla, marcarla, hacerle entender que era mía. Mil años de dominio absoluto y esta frágil humana se atrevía a desafiarme así. Los aullidos en la lejanía la hicieron saltar asustada, pero no cedía. Su mirada seguía retándome acusadoramente, la solté y golpeé la pared con furia tratando de controlar mi instinto salvaje de someterla. Era una frágil humana que no iba a aguantar mi ataque, además, llevaba a mis cachorros en su vientre.
—Tu hermana está muy mal. La envié junto con tu madre a un buen hospital. De tu comportamiento depende si las volverás a ver o no —la amenacé con lo que sabía que más le importaba.

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