~Scarlett
—No, muchas gracias —dije. Y cuando me di cuenta de que Ava nos estaba escuchando, añadí— Tengo que ir a cuidar mi botín.
Jack Fuller se había levantado de la mesa en cuanto Ava empezó a lloriquear al ver a su 'príncipe' empapado en sudor. Anna Fuller, en cambio, se quedó solo por cortesía, y en cuanto pudo, también se fue.
Pero Ava no. Ella se quedó. Y claramente, también tenía cosas que hablar con él.
Ese día se me hizo eterno, y lo único que quería era asegurarme de que al menos tendría una cama donde dormir esa noche. No me habría sorprendido si Ava le hubiera pagado a Alfred para arruinar mi nuevo cuarto en lugar de limpiarlo.
—Te acompaño a tu cuarto —se ofreció Sebastián en tono de broma, y antes de que pudiera rechazarlo, agregó— ¿O prefieres que hablemos de nuestro trato aquí mismo?
—Seb... —murmuró Ava, acercándose con voz bajita.
Me solté de la mano de Sebastián de un tirón, y lo miré fijamente, esperando su decisión. Sabía perfectamente qué iba a elegir. Ava también lo sabía. El único que parecía no saberlo era él.
Ava lo miró como si esperara un milagro. Pero él me miraba solo a mí. Así que me fui. El amor era un juego para dos, y yo ya no quería jugar con ellos.
Esta vez, no intentó detenerme.
Alfred había hecho un buen trabajo con la habitación de Ava. Limpió todo muy bien, ya no quedaba ni rastro de ella. Casi parecía que nunca hubiera vivido allí. Incluso había traído algunas de mis cosas viejas del ático. Tal vez para hacerme sentir 'en casa'. Me sorprendió que los Fuller aún las conservaran.
Había un álbum grueso, con una portada rosa y un unicornio. Puse los dedos sobre la tapa, dudando en si abrirlo y ver los recuerdos más valiosos de cuando aún creía en esa familia… o simplemente prenderle fuego.
—¿Puedo verlo? —Sebastián se acercó a mí y voltee a ver a otro lado.
Él tomó el álbum, deslizándolo con cuidado de debajo de mi mano. Me había seguido hasta aquí. Sabía que ahora podía hacerle daño a Ava con solo un gesto. Sebastián, de repente, parecía desesperado por salvar nuestro matrimonio. Sabía que, si lo aceptaba, podía tener al hombre que había deseado durante años, al menos en apariencia.
Pero ya no era lo mismo.
Sebastián se quedó ahí parado. Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, pero no me sentí culpable. El dolor que sentía ahora no se comparaba en nada con todo lo que me había hecho pasar. ¿Dónde estaba él cuando yo lloraba, esperando a que volviera, mientras él allá afuera hacía que Ava brillara como su amante?
—No me importa qué quieres hacer o por qué lo haces —le dije, mirándolo directo a los ojos— Yo ya no te quiero.
Él se quedó ahí, con esa expresión herida que no sabía disimular. Intentó decir algo, pero falló una y otra vez. Pensé que al fin había llegado a su límite. Así que cuando levantó la mano, cerré los ojos con miedo.
Hubo un silencio.
Cuando por fin lo miré, él apenas logró esconder el dolor en su mirada. Suspiró con una sonrisa amarga y me acarició la mejilla con el pulgar.
—Tienes todo el derecho del mundo a odiarme. Me lo merezco. Entonces... ¿Tú por qué lloras, tonta?
Y se fue, dejándome sola, con el álbum abierto en una página donde salíamos Ava y yo, usando el mismo vestido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ella Aceptó el Divorcio, Él entró en Pánico