Todo estaba listo.
Las velas llevaban encendidas veinte minutos, y la cera comenzaba a escurrirse con pereza por los bordes. La mesa lucía perfecta: el mantel blanco que ella había comprado en aquella tienda cara, los platos de porcelana que usaban solo en ocasiones especiales, las copas de cristal que reflejaban la luz como si guardaran estrellas dentro. En la cocina, la comida esperaba tapada, humeando todavía, lista para ser servida en el momento exacto.
Lenna dio una última vuelta alrededor de la mesa. Movió un tenedor un centímetro. Ajustó el centro de flores. Suspiró.
Dos años.
Dos años desde que salió por la puerta de su casa con una maleta y el corazón partido en dos. Dos años desde que su madre lloró abrazada a ella, desde que su padre se quedó en silencio en un rincón, desde que su hermano mayor, su protector, su cómplice, la miró con ojos que decían "no estoy de acuerdo pero te amo igual".
Dos años sin verlos. Sin llamarlos. Sin saber si su madre seguía tejiendo en las tardes, si su padre había dejado el cigarro, si su hermano ya se había casado con esa chica que tanto le gustaba.
Ella eligió. Y esto era lo que había elegido.
Pero cuando Thomas la miraba, cuando llegaba a casa y le sonreía cansado, cuando le pasaba el brazo por los hombros mientras ella cocinaba... el dolor se hacía más pequeño. No desaparecía. Pero se hacía más pequeño.
Y por eso estaba aquí. Esperándolo. Con la mesa perfecta. Con la comida lista. Con el corazón abierto.
A las ocho y diez la puerta se abrió.
—Llegué —dijo Thomas, dejando las llaves en la bandeja del recibidor.
Lenna sintió ese cosquilleo que nunca se iba, ese pequeño incendio en el pecho cada vez que él entraba por esa puerta.
—Pensé que llegarías más tarde —dijo ella, acercándose.
—Es nuestro aniversario —respondió él, besándole la mejilla suavemente.
Pero entonces sus ojos recorrieron el living. Vio las velas, la mesa, la penumbra cálida que ella había construido con tanto esmero. Y algo cambió en su expresión. Algo se suavizó.
—Todo esto... —dijo—. Lo hiciste tú sola.
—No es nada.
—Sí lo es.
Él se acercó a la mesa y dejó caer algo sobre el mantel. Un ramo de flores, una caja de chocolates... y una cajita roja. Pequeña. Con un lazo dorado.
No dijo nada.
Pero ella sabía.
Sabía que era algo especial.
Lenna sintió que la garganta se le cerraba.
—Thomas...
—Todavía no lo abras —dijo él, sonriendo—. Después. Primero brindemos.
Ella asintió, tragándose las ganas. Las flores, los chocolates, la cajita roja... todo esperaría. Porque él lo pedía.
Se sentaron. Ella sirvió el vino. Las copas tintinearon suavemente al chocar.
—Por nosotros —dijo Thomas.
—Por nosotros —respondió ella.
Y todo era perfecto.
Hasta que el teléfono de él vibró.
Fue un sonido pequeño, casi tímido, pero Lenna lo sintió como una cuchillada. Vio cómo los ojos de él bajaban a la pantalla. Vio cómo sus labios sonrieron. Vio cómo algo en sus ojos se iluminaba.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ella se limpió las lágrimas, ahora le toca llorar a él.