Lenna llegó a casa con el corazón hecho pedazos. Se sentó en la cama y sacó los documentos del nochero. Eran los papeles del divorcio, ya no aguantaba más tanto sufrimiento, pero pensaba que él iba a cambiar y le daba oportunidad tras oportunidad.
Hasta esa tarde.
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Eran casi las cuatro cuando la puerta se abrió.
Lenna estaba en la habitación de arriba, sentada en el borde de la cama, mirando la pared sin verla. Escuchó el sonido de la llave en la cerradura y su corazón dio un vuelco.
Thomas.
Había llegado temprano. Por primera vez en un mes, llegaba temprano.
Tal vez venía a disculparse. Tal vez traía una explicación. Tal vez, solo tal vez, todo iba a volver a ser como antes.
Se levantó rápido. Se miró al espejo, se pasó una mano por el cabello, se arregló la ropa. Respiró hondo. Bajó las escaleras con el corazón latiéndole con fuerza, con una esperanza tonta que le quemaba el pecho.
Pero cuando llegó al último escalón, el mundo se detuvo.
No estaba solo.
Anika estaba agarrada de su brazo, pegada a él como una enredadera, con una sonrisa de triunfo en la cara. El mismo collar. La piedra azul. Su collar.
—Lenna —dijo Thomas, con una naturalidad que dolía—. Quiero presentarte a una amiga. Ella es Anika.
Anika soltó una risita.
—¿Amiga? Ay, Tomy —dijo, apretándose más contra él—. Yo soy tu mejor amiga. Y tu primer amor.
Luego miró a Lenna.
De arriba abajo. Con desprecio. Como si evaluara a una empleada doméstica, como si ella no fuera la esposa, como si no tuviera derecho a estar ahí.
—Hola —dijo Anika, con una sonrisa falsa.
Lenna sintió que la sangre le hervía. Las manos le temblaban, pero las apretó contra su cuerpo para que no se notara. No iba a hacer un escándalo delante de ella. No iba a darle ese gusto.
—Siéntate, Lenna —dijo Thomas, señalando el sofá—. Por favor, trae vino. Vamos a cenar juntos los tres. Quiero que ustedes dos se lleven bien, que sean amigas.
¿Amigas?
Lenna lo miró sin decir nada y fue a la cocina.
Agarró la botella de vino más cara, la que guardaban para ocasiones especiales. La que él le había regalado en su primer aniversario. Sirvió tres copas. Las llevó a la sala con las manos firmes, con el rostro sereno, aunque por dentro ardía como un volcán a punto de estallar.
Puso las copas en la mesa.
En eso, el teléfono de Thomas sonó.
—Tengo que atender esto —dijo, mirando la pantalla—. Vuelvo en un momento. Ustedes dos conózcanse.
Y se fue a la terraza, dejándolas solas.
El silencio fue denso, incómodo, venenoso. Las dos mujeres se miraron. Anika fue la primera en hablar.
—Así que tú eres la pobrecita —dijo, con una sonrisa burlona mientras se reclinaba en el sofá como si estuviera en su casa—. La huérfana sin dinero que se casó con mi Tomy.
Lenna apretó la mandíbula.
—Soy su esposa.
—Por ahora —Anika estiró las piernas, mostrando sus zapatos de diseñador—. Te cuento un secreto: si yo no me hubiera ido en aquel entonces, la esposa sería yo. Tú eres solo... ¿cómo decirlo? La segunda opción. El premio de consolación. ¿Qué se siente ser siempre la que sobra?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ella se limpió las lágrimas, ahora le toca llorar a él.