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Ella se limpió las lágrimas, ahora le toca llorar a él. romance Capítulo 4

Lenna subió las escaleras sin detenerse, fue directo al nochero, sacó la carpeta del divorcio y bajó nuevamente.

Thomas seguía parado en la sala sin creer que Lenna lo había dejado hablando solo. Mientras tanto Anika se había ido al baño a limpiar su vestido.

La vio bajar con la carpeta en la mano y frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Lenna no respondió. Caminó hacia él, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, lanzó los papeles sobre la mesa. Varias hojas volaron, algunas cayeron al suelo. No le importó.

—Firma —dijo—. Quiero el divorcio.

Thomas la miró como si hubiera enloquecido.

—¿Estás loca?

—Firma, te digo.

Él soltó una risa incrédula. Pero cuando levantó la vista y vio sus ojos, la risa se le congeló en la garganta.

Nunca había visto esa mirada en ella. Nunca.

Los ojos de Lenna ardían. No de tristeza, no de súplica. Ardían de rabia. De dignidad. De algo que él no supo reconocer porque en un mes de ignorarla, se había olvidado de quién era ella realmente.

—Esto es ridículo —dijo él, apartando los papeles con desdén—. Divorcio... ¿y qué vas a hacer sin mí? ¿Eh? ¿Qué vas a hacer? No sabes hacer nada. No tienes dinero, no tienes trabajo, no tienes a nadie. Sin mí no eres nada.

Cada palabra fue un puñal.

Pero Lenna no se movió. No lloró. No suplicó.

Solo lo miró. Un segundo. Dos. Tres.

Luego se agachó, recogió los papeles del suelo, los puso ordenadamente sobre la mesa, agarró el lapicero y firmó donde ya estaba su nombre. Deslizó los papeles hacia él.

—Ya están firmados —dijo con voz firme—. Los míos. Faltas tú.

Thomas la miró sin entender. ¿Esta era la misma mujer sumisa que siempre lo esperaba? ¿La que nunca le reclamaba nada? ¿La que había aguantado todo en silencio?

—No voy a firmar nada —dijo, cruzando los brazos—. Esto es una tontería. Mañana se te pasa.

Lenna negó con la cabeza. Una lágrima quiso escapar, pero la contuvo. No aquí. No delante de él.

—No se me va a pasar —susurró—. Ya no más, Thomas. Ya no más.

Y sin esperar su respuesta, sin mirar atrás, caminó hacia la puerta.

—¿Adónde vas? —gritó él.

Ella no respondió. Abrió la puerta y salió.

El golpe retumbó en todo el ático.

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Thomas se quedó paralizado, mirando la puerta cerrada. Los papeles del divorcio sobre la mesa, con la firma de ella fresca, reciente, real.

No podía creerlo.

—¿En serio se fue? —la voz de Anika apareció detrás de él—. Tomy, qué pena... siento que esto haya pasado por mi culpa.

Él la miró. Por un momento, algo pasó por su cara. ¿Duda? ¿Culpa?

—No es tu culpa —dijo, pero su voz sonó hueca.

Anika se acercó, le pasó un brazo por los hombros.

—Mira, esto es un capricho —dijo con suavidad—. Se le pasará. Las mujeres somos así. Ahora se va, dramática, pero más tarde vuelve arrepentida. Tú verás.

Thomas la miró.

—¿Tú crees?

—Claro —sonrió ella—. ¿Qué va a hacer sola? No tiene nada. No tiene a nadie. Va a volver. Siempre vuelven.

Thomas dudó. Miró los papeles otra vez.

—Firma —Le aconsejo con una sonrisa de triunfo —Te aseguro que al ver que el divorcio se puede dar ella se arrepiente rápido.

—Pero si firmo... ella se va a enojar más.

—Firma —insistió Anika, acariciándole el brazo—. Firma y cuando tengan que hacer el trámite oficial, vas a ver cómo ella ruega que no sigas adelante. Ahí la tienes comiendo de tu mano.

Thomas la miró. Necesitaba creerle. Necesitaba creer que Lenna volvería, que esto era solo un berrinche, que todo seguiría igual.

Agarró el lapicero.

Y firmó.

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CAPÍTULO 4: La tormenta 1

CAPÍTULO 4: La tormenta 2

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