La puerta del ático se abrió.
Lenna entró con paso firme, sin titubear. Había ensayado este momento toda la noche, mientras daba vueltas en la cama sin poder dormir. Entrar, tomar los papeles, verificar la firma, y salir. Nada más.
Thomas estaba en la sala, recostado en el sofá como si la estuviera esperando. Cuando la vio, una sonrisa burlona apareció en su rostro.
—¿Ves? —dijo, con ese tono arrogante que tanto había usado el último mes—. Volviste. Sabía que no podías pasar ni una sola noche sin mí.
Lenna lo miró. Un segundo. Dos.
Y entonces soltó una risa.
Corta. Seca. Sin humor.
—¿De verdad crees eso? —dijo, negando con la cabeza—. No, Thomas. He venido solo por esto.
Caminó hacia la mesa donde estaban los papeles del divorcio, justo donde los había dejado ella misma la noche anterior. Los tomó con manos firmes y revisó la última hoja.
Allí estaba.
Su firma.
—Oh, qué bien —dijo, con una sonrisa fría—. Fue más fácil de lo que pensaba.
Y sin añadir una palabra más, giró para irse.
—Lenna... —la voz de él cambió, perdió la arrogancia.
Ella no se detuvo.
Pero entonces el teléfono de él sonó. Insistente. Urgente.
—¿Aló? —respondió Thomas, y su rostro cambió al instante—. ¿Mamá? ¿Qué pasa? ¿Cómo que un infarto? ¡Voy para allá!
Colgó. Su mirada encontró la de ella, y en un segundo, la arrogancia había desaparecido por completo. Solo quedaba miedo.
Cruzó la sala en dos zancadas y tomó a Lenna de la mano.
—Vamos —dijo, tirando de ella hacia la puerta.
—¡Suéltame! —ella intentó zafarse—. ¿Qué haces?
—Mi papá —la voz de él se quebró—. Está grave en el hospital. Acompáñame. Por favor.
Lenna quiso decir que no. Quiso gritarle que ya no era su problema, que habían firmado el divorcio, que todo había terminado.
Pero vio sus ojos. Vio el miedo real. Y sin saber por qué, asintió.
Salieron corriendo.
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El hospital olía a desinfectante y a angustia.
Cuando llegaron a la sala de espera, la madre de Thomas estaba destrozada, sentada en una silla, con las manos entrelazadas y los ojos llenos de lágrimas.
—¡Mamá! —Thomas corrió hacia ella—. ¿Qué pasó?
La señora levantó la vista. Cuando vio a Lenna, la abrazó con una fuerza inesperada.
—Ay, mi niña —sollozó—. Tu papá... le falló una arteria del corazón. Tiene una obstrucción grave.
—¿Qué dicen los doctores? —preguntó Lenna, acariciándole la espalda.



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Comentarios
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