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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 112

LUCIEN BLACKWELL

La deposité con cuidado en la cama antes de meterme al baño y preparar la tina con agua caliente. No quería que Camille sufriera de hipotermia. Cuando me di cuenta, ella estaba asomada en el umbral, con esa mirada entornada y aguda, esforzándose por reconocerme. Él hombre que fui, el que vio allá abajo torturando y matando, no era el que quería ser con ella.

Tampoco quería que me recordara como el mafioso que la torturó y amenazó con matarla. Me había convertido en un animal herido y no pude más que morder su mano, pero ahora solo quería lamer sus heridas y recuperar su corazón.

—¿Qué haces? —preguntó Camille mientras me enfocaba en el agua tibia llenando la bañera. Los ojos se le llenaron de lágrimas que no estaba dispuesta a soltar. Parecía desolada, como si por fin estuviera dispuesta a dejar caer sus murallas, y me rompió el corazón. Me acerqué a ella y con cuidado la guié al interior del baño.

Sin decir ni una sola palabra, la ayudé a deshacerse de esas ropas pesadas por el agua fría. Descubriendo lentamente su cuerpo. Noté como sus mejillas se sonrojaron, sabía que tenía la intención de retroceder y esconderse, pero no lo hizo.

—Estás helada… Necesitas un baño caliente —contesté antes de besar con suavidad su hombro desnudo.

—¿Qué ocurre? Un día me quieres matar y al otro me tratas con cariño… ¿Qué te pasa? ¿Qué cambió? —preguntó confundida, tomando mi rostro entre sus manos, mientras tenía una mueca de confusión, esforzándose por comprender.

Abrí la boca, pero no sabía cómo empezar, ni qué explicar. Me sentía mareado y perdido. Nunca fui bueno hablando de sentimientos y nunca le di importancia. Ahora me sentía torpe y con la lengua atrofiada.

Mis manos se deslizaron por su cintura, su piel fría contrastaba con mi piel caliente. Mientras ella había esperado bajo la fría lluvia, yo aún estaba manchado con hollín y mi cuerpo irradiaba parte del calor que había absorbido del incendio.

Antes de comenzar a balbucear como idiota, ella cubrió mis labios con sus suaves dedos, silenciándolos. Cerré mis ojos, disfrutando de su caricia, antes de que me rindiera a mis deseos y la estrechara con fuerza entre mis brazos, escondiendo mi rostro en la cuna de su cuello e inhalando con fuerza su dulce aroma, ese que brotaba de su piel y que tanto me encantaba.

Me había enamorado de ella en cada baile que me ofreció, en cada mirada discreta y en esa sonrisa juvenil y tintineante. Era la mujer más hermosa que había visto. Era un diamante entre carbón. No podía entender cómo trabajaba en ese lugar y pese a mis planes de venganza, se había convertido en una obsesión que no abandonaba mi cabeza. La tenía tatuada en el fondo de mi mente y la veía al despertar y antes de dormir. Ahora por fin la tenía entre mis brazos, pero con el riesgo implícito de perderla.

¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para mantenerla a mi lado?

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