LUCIEN BLACKWELL
Con paso tembloroso, Nadia caminó hacia Camille. Por fin mi chofer se hizo a un lado y mi hermosa rubia retrocedió, sus ojos bien abiertos buscaban respuestas. De pronto el tembloroso taconeo de Nadia se detuvo, apretó los puños y jaló aire, haciendo a un lado su habitual orgullo.
—Camille, te debo una disculpa por lo que te hice —soltó más a fuerza que de ganas y encajé un poco más el cañón a modo de motivación. Tenía que esforzarse y que su tono fuera creíble—. Perdóname por haberte humillado de esa manera, no tuve que hacerlo. Eres la esposa de Lucien y tengo que respetarte.
»No lo volveré a hacer, lo prometo y… espero que en tu corazón puedas perdonarme.
Camille frunció el ceño y su mirada se movía inquieta. Noté como sus hombros se sacudieron suavemente, víctima de un escalofrío, tal vez por sus ropas húmedas, tal vez por la conmoción del momento.
—Creo que hace falta algo… —susurré no muy convencido de la actuación de Nadia.
—¿Qué más quieres, Lucien? —siseó viéndome con ojos llorosos y cargados de odio—. ¡Ya pedí disculpas!
—Tal vez si lo haces hincada… —contesté reflexivo, con media sonrisa, viendo como el rostro de Nadia se convertía en un torbellino de sorpresa e indignación.
—Ya basta… No puedes humillarme de esa forma y esperar que las cosas salgan bien, ¿me entendiste? —escupió cada palabra entre dientes, intentando que sonaran a advertencia, sabiendo que levantar su voz o mostrarse altiva conmigo solo resultaría en una muerte dolorosa para ella—. Mi hermano no lo aceptará, mucho menos mi padre.
—Si yo hubiera humillado a la mujer de tu hermano o a tu madre, ¿crees que ellos hubieran permitido un discurso tan mediocre como el tuyo? —contesté apoyando el cañón de mi arma en su mentón para obligarla a mantener el rostro en alto—. ¿No es lo justo? De nueva cuenta siento que estoy siendo muy piadoso, Nadia, porque una pequeña vocecita en mi cabeza me dice que te aplaste el cráneo con un martillo hasta que dejes de respirar, pero me estoy conteniendo. ¿No me merezco que le ofrezcas una disculpa digna a mi mujer?
—¡¿Tu mujer?! —exclamó y entonces las lágrimas corrieron por sus mejillas—. ¡Yo debía ser tu mujer, no ella! ¡Teníamos un acuerdo, Lucien! ¡Nuestras familias lo planificaron todo y lo estás echando a la basura por una ramera que movía el trasero por dinero…!
No dejé que terminara cuando le di una bofetada que la hizo torcer el rostro. Por mucho que quisiera acabar con ella, sabía que no podía, no si deseaba evitar una guerra que me podía superar.
Antes de que pudiera responder, le di un puntapié detrás de su rodilla, haciéndola hincarse por fin con un quejido de dolor. Para evitar que se levantara, posé mi mano en su hombro, presionándola hacia abajo mientras apoyaba mi arma en su sien.
—Hazlo bien… y terminará rápido —solté de manera melodiosa y educada.

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