CAMILLE ASHFORD
—¿Camille? —preguntó Lucien detrás de mí mientras yo no dejaba de darle vueltas al sobre que contenía la dirección de Cloe. Cuando Volteé, no pude evitar notar el miedo reflejado en sus pupilas y mi estómago se hizo pequeño, sabiendo que no había manera de consolarlo.
Estiré mi mano hasta que el sobre quedó cerca de él. Lo tomó como si fuera una serpiente esperando atacar. Le dio un par de vueltas con el ceño fruncido hasta que empezó a abrirlo.
—Esa es la dirección de Cloe Sullivan —dije en un susurro, recuperando su atención—. Ella es la mujer que buscas. La amante de Aston Smith. La verdadera Ruiseñor. La que debería de estar en mi lugar y quien tuvo que sufrir las humillaciones que me tocaron a mí.
Me levanté lentamente de la cama y pasé las manos por mi vestido, alisándolo. Sabía lo que tenía que hacer, pero cuando estaba lista para hacerlo, sentí como si mis músculos se entumecieran y no quisieran apoyarme en mi huida.
—¿Qué? —preguntó Lucien confundido, sentándose sobre el colchón, aún aturdido—. ¿De qué estás hablando…?
—No eres el único que puede conseguir información. —Sonreí, pero no había alegría en mi gesto, solo decepción—. Lamento mucho lo que le pasó a tu hermana, en verdad… lo siento demasiado. No se merecía lo que le ocurrió. No se merecía terminar así por culpa de un hombre como Aston, y espero de todo corazón que vengues su muerte.
»Pero yo no planeo quedarme a verlo.
Noté como su rostro palideció y todo gesto se deslavó. Desvié la mirada antes de atravesar la habitación rápidamente y alcanzar la puerta. En cuanto mi mano se posó en el pomo, entonces él se dio cuenta del sentido de mis palabras.
—¡Camille! —exclamó con voz aterrada, pero yo no vi hacia atrás, simplemente giré la manija y salí, con una sensación extraña, como si mi alma se hubiera desprendido de mi cuerpo, como si ella hubiera decidido quedarse con él.
El dolor de mi corazón fue profundo, pero no me detuve, obligué a mis pies a salir. Caminé presurosa y bajé las escaleras. La servidumbre ya estaba despierta y me saludaron con respeto, como si ahora aceptaran que yo era la señora de la casa. ¡Qué se fueran a la m****a! Me daban tantas ganas de gritarles, de arrojarles todo lo que tuviera a la mano, directo a la cara. ¡Hipócritas! ¡Borregos idiotas que nunca tuvieron el valor ni el raciocinio para intentar defenderme!
—¡Camille! —Volví a escuchar a Lucien detrás de mí y sentí que mi salida triunfal de ese lugar se vería frustrada. No quería voltear, pero me estaba quedando sin aire y sin fuerzas. Me sentía a nada de caer de rodillas, débil, vulnerable y llorosa. ¡No! Yo no era una mujer así, no iba a ceder, no iba a dejar que el mismo hombre que me torturó y me amenazó de muerte me consolara.
Las manos que te lastiman no pueden ser las mismas que te curen. Eso es imposible. Entonces me tomó por la muñeca y me hizo girar hacia él, mientras jadeaba como si estuviera terminando de correr un maratón.
—No puedes irte… —susurró antes de tragar saliva. El pánico en sus ojos era notorio.
—El único motivo por el que me retenías aquí, era para cobrar venganza. Has admitido que soy inocente y que no la merezco. —Quise que mi voz sonara fuerte y determinada, pero no podía. Su cercanía drenaba mi fuerza—. Déjame ir, Lucien.

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