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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 115

CAMILLE ASHFORD

—Arreglemos esto, Camille… —suplicó estirando su mano hasta alcanzar mi mejilla. Su tacto me dolió y una lágrima logró escapar de entre mis pestañas—. Quédate. Déjame demostrarte que me merezco una segunda oportunidad…

»No me dejes —su voz sonaba cargada de miseria y súplica, aun así, retrocedí, alejándome de su caricia—. Véngate de lo que te hice, quédate y grítame, pégame… dispárame si eso te hace sentir mejor, pero arreglemos esto aquí. Me merezco todo lo que me quieras hacer, solo… no te vayas, no me abandones.

Sus ojos suplicaban, llenos de dolor, y mi corazón se resquebrajaba dolorosamente dentro de mi pecho. Tomó mi mano entre las suyas, besó cada uno de mis dedos y pude sentir su miedo a perderme. Cuando creí que estaba a punto de ceder, la puerta de la entrada se abrió.

—¿Damián? —pregunté sorprendida al ver a mi hermano plantado ahí, con los ojos oscuros y llenos de furia, las mandíbulas rígidas y los hombros tensos. A su lado estaba Shawn, como el ratón asustadizo que reconocía de un principio.

—¿Qué hacen aquí? ¿Cómo entraron? ¿Quién los dejó? —inquirió Lucien molesto, su mano me tomaba con más firmeza.

—No estoy haciendo nada ilegal. Vine a ver a mi hermana. ¿No puedo? —Damián parecía esconder su molestia detrás de una máscara de soberbia.

—Es propiedad privada —refunfuñó Lucien, con intenciones de esconderme detrás de él—. Largo de aquí.

—¿O qué? ¿Llamarás a la policía? Creo que no te conviene, puedo apostar a que tienes más cosas que esconder dentro de esta casa que solo a mi hermana —contestó Damián haciendo más grande su sonrisa—. No hagas esto más difícil.

Se quedaron en silencio por largos segundos, mientras el peso en mi corazón se hacía cada vez más grande. Di un paso hacia Damián, sintiendo que eran un respiró, una brisa que me llenaba de fuerza. Era la promesa de regresar a tiempos mejores, pero entonces noté que mi mano y la de Lucien seguían entrelazadas apenas por la leve unión de nuestros dedos, como un frágil lazo que solo esperaba el mínimo esfuerzo para romperse.

Levanté la mirada hacia Lucien y supe que seguía suplicándome en silencio, pidiéndome que regresara a sus brazos.

—Camille… —susurró Damián detrás de mí—. Vámonos de aquí. Esto se acabó.

Mis ojos se clavaron en nuestras manos entrelazadas y me sentí profundamente miserable. Como si cualquier intento por soltar a Lucien fuera suficiente para provocarme un dolor inmenso.

—Si él quiere quedarse con la herencia, que se la quede —insistió Damián a mis espaldas—. El dinero va y viene, siempre lo puedes recuperar, pero no voy a perder a mi hermana ni dejar que la sigan lastimando.

Cerré los ojos, dejando que las últimas lágrimas cayeran antes de dar un paso más hacia atrás, soltando por fin la mano de Lucien y girando hacia Damián. El dolor me atravesó, partiéndome en dos. Apenas troté un par de pasos cuando sentí que caería al suelo, pero Damián ya me estaba sosteniendo entre sus brazos, estrechándome con fuerza, reconfortándome con su cariño.

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