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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 117

ANDY DAVIS

El viaje había sido tranquilo y emocionante. Los mellizos nunca habían subido a un avión y saber que en el que viajábamos era de su padre fue para ellos una experiencia novedosa y llena de euforia, asomándose por cada ventana, cambiando de asientos, pidiéndole a la sobrecargo golosinas, para terminar profundamente dormidos, acurrucados como un par de gatitos.

—Son adorables… —dijo la sobrecargo mientras acomodaba una cobija sobre ellos—. Sorprendente que sean hijos del señor Ashford.

Noté como su rostro se hizo una mueca de confusión y miedo, tal vez recordando malos tratos en el pasado o el horrible temperamento de Damián. Sacudió la cabeza y cuando volteó hacia mí y me ofreció una sonrisa ensayada.

—Lo siento, no pretendía ser grosera… —confesó apenada, con las mejillas al rojo vivo.

Negué con la cabeza y alcé una mano para que no siguiera disculpándose.

—Descuida… lo entiendo muy bien —contesté compartiendo una sonrisa con ella para intentar que se relajara. Conocía a Damián y que ahora fuera un amor conmigo no significaba que siempre lo hubiera sido o que lo fuera con otras personas.

Conforme pasaban las horas me sentía más emocionada de volver a estar con él. Decidí que esperaríamos en uno de los restaurantes del aeropuerto a que llegara por nosotros. Él se había adelantado, pues el reporte de su ayudante le decía que Camille estaba en una situación deplorable y tenía que actuar rápido. Quedarse conmigo hasta que los papeles de los mellizos estuvieran listos no era una opción.

Mientras ellos se entretenían en los juegos del lugar, yo disfrutaba de un momento de soledad e introspección, con mi taza de café en la mano, respirando una vez más el aire del país que dejé casi huyendo. Aquí estaba mi pasado y el miedo constante de enfrentarme a él, al girar en cada esquina, palpitaba dentro de mi pecho, aun así, fingía que no me importaba, o eso creí hasta que una mano varonil se afianzó del respaldo de la silla frente a mí.

Lo reconocí desde que vi sus dedos, pero aun así forcé mi mirada para seguir el camino hacia su rostro, sus labios delgados pero delineados, su nariz recta, sus ojos profundos y sus cabellos rubios, pero no de ese rubio oscuro similar al ámbar que tenía Damián y que tanto me encantaba, sino uno más claro e insípido.

—Andy… —John pronunció mi nombre como si se tratara de alguna clase de hechizo, mientras que yo intentaba acomodarme en mi asiento, tensa y algo nauseabunda.

—John… Qué sorpresa tan poco grata —contesté con una sonrisa rígida y antes de que pudiera decir algo, se sentó frente a mí, amenazando con que este reencuentro no sería breve.

—También me sorprendió encontrarte aquí. Te ves… diferente. Tienes esa imagen de mujer parisina elegante. —Sonrió de medio lado y negó con la cabeza mientras entrelazaba los dedos por encima de la mesa—. Sinceramente, me alegra verte.

—A mí no. —Verlo me causaba dolor, no porque aún sintiera algo por él, sino porque era de las pocas personas que recordaba con odio, que cada vez que su imagen llegaba a mi mente, me enojaba con la misma intensidad que ese día, cuando me presumió a Lynnet y al «hijo» que llevaba en su vientre.

No podía evitar pensar en todo lo que no dije y que se me ocurrió después de que ya estaba lejos. Quería regresar en el tiempo y ser más explosiva, más cruel, quería hacer las cosas diferentes, pero no para arreglarlas, sino para lastimarlo profundamente.

—Te busqué… —soltó apretando los labios y desviando la mirada hacia el ventanal, donde los viajantes pasaban apresurados de ida y de venida con sus maletas—. Cuando… se oficializó el divorcio, sentí el impulso de hablar contigo una vez más, pero entonces supe que habías abandonado el país.

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