CAMILLE ASHFORD
Me gustaría decir que conforme nos alejábamos me sentía más tranquila, incluso más alegre, pero la verdad es que no era así. Me sentía peor, como si mi corazón se hubiera quedado allá. Era ilógico, Lucien era malo para mí en todos los aspectos y, aun así, estaba tentada a voltear hacia atrás, a llorarle, incluso a llamarlo.
La mano de Damián se posó sobre la mía y su rostro delató que estaba preocupado por mí.
—¿Te sientes bien? —preguntó en un murmullo y yo solo sonreí de manera insípida y comprometida. Una sonrisa forzada y amarga que hundía mi corazón.
—¿Por qué? —inquirí confundida con una mano en el pecho—. ¿Por qué duele cuando se supone que estoy haciendo lo correcto?
—Buena pregunta… —contestó Damián pasando su brazo por encima de mis hombros y atrayéndome hacia él para besarme la cabeza—. Podrías preguntarle a Andy. De cierta manera a quien más entiendo es a Lucien. Aunque no a su nivel, yo también fui un patán con mi panterita y, bueno, aunque me esforcé por recuperarla, solo ella sabe por qué me aceptó en su vida.
Aunque me sentí reconfortada por su abrazo, aún el dolor palpitaba en mi pecho, con cada latido de mi corazón.
De pronto el auto disminuyó su velocidad, pasando por una zona colapsada. La mitad de la calle estaba llena de policías y la otra mitad de gente chismosa. Con curiosidad me asomé por mi ventana y entonces reconocí el lugar. El tugurio donde había bailado por tanto tiempo estaba rodeado de cinta de precaución y sus paredes estaban manchadas de hollín mientras que todas las ventanas estaban quebradas.
—¿Qué ocurrió? —pregunté sorprendida antes de bajar del auto. Apenas y escuché a Damián llamándome cuando ya estaba pasando entre la gente, queriendo saber más.
El olor a quemado se volvía más intenso y desagradable. Se mezclaba con otro aroma más dulce, ese que caracterizaba a la muerte. Entonces los vi, los bomberos sacaban cuerpos en bolsas negras, uno tras otro, eran bastantes, mientras que un par de policías revisaban bolsas con evidencia, joyería barata que reconocía perfectamente bien, era de las demás bailarinas.
—¿Qué…? —no terminé de hablar cuando me quedé sin aliento y sin palabras.
—¿No es obvio? —dijo alguien a mi lado, llamando mi atención. Pronto la reconocí, era la cantinera del local, Rocío—. Ajuste de cuentas.
—Tú estás bien… —susurré como si temiera que fuera un fantasma.
—Ya sé. Justo a tiempo hablé. —Resopló aliviada y negó con la cabeza—. Cerca la bala.
—¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Sabes por qué les pasó esto? —pregunté angustiada, tomándola del brazo, temiendo que fuera a desaparecer.
—Ya te dije, ajuste de cuentas. Se metieron con el hombre equivocado. —Se encogió de hombros antes de tomarme de la mano y alejarme de todo—. Te recomiendo que te escondas por un tiempo. Este tipo parece que va a comenzar una cacería de brujas y tú puedes estar involucrada.
—¿Yo? —pregunté frunciendo el ceño, confundida.
—Sí, este tipo estaba buscando respuestas sobre tu predecesora, Cloe —contestó torciendo la boca mientras sus ojos me examinaban con pesar. Entonces supe perfectamente a quién se refería.

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