LUCIEN BLACKWELL
—Había escuchado que te estabas volviendo loco por una mujer, pero no quise creerlo —dijo uno de los investigadores que trabajaban para mí y que consideraba de confianza. El mismo que me había llevado a Camille, señalándola como mi objetivo.
Sostenía su sonrisa, mientras estaba amarrado a esa silla, escondiendo su nerviosismo porque sabía lo que se avecinaba.
—Por tu culpa la iba a matar… —siseé dándole vueltas al picahielo entre mis manos.
—Por mi culpa la conociste… ¿No tengo mérito por eso? —soltó con arrogancia y una risotada que me hizo hervir la sangre—. Si me vas a juzgar por una cosa, deberías juzgarme por la otra. ¿No sería más justo?
—Yo no soy justo. —Arrastré una silla hasta sentarme frente a él y encajé el picahielo en su muslo, retorciéndolo mientras él gritaba.
—¡Sin mi nunca la hubieras conocido! ¡Sin mí, tú, maldito monstruo, nunca te hubieras enamorado! —escupió junto con saliva y desesperación—. De nada.
—¿Quién te acompañaba ese día? Tú orden fue llegar solo a investigar. —Entorné los ojos, odiando esa maldita sonrisa que sostenía en su rostro.
—Iba solo… —contestó manteniendo una apariencia relajada, aunque el sudor en su frente delataba el dolor que sentía.
—Mentiroso. —De un solo golpe lo tumbé con todo y silla. Mi chofer, quien veía todo en completo silencio, se acercó con su habitual ceremoniosidad y levantó la silla con todo y hombre, volviendo a acercarlo a mí.
—¿Qué hace nuestro querido líder haciendo el trabajo sucio? —preguntó divertido, con voz gangosa pues su nariz estaba rota—. ¿Quieres recordar los viejos tiempos cuando tu padre te usaba de matón personal o es que ya no confías en tu gente?
»¿De que te sirve tanto poder si no tienes quien haga el trabajo por ti?
—Digamos que he decidido hacer una depuración… y quiero empezar contigo. —Me levanté de mi asiento y caminé hacia mi pequeña mesita de trabajo. No pude evitar sonreír al ver mis viejas herramientas, algunas ya oxidadas, pero eso les daba encanto. Me ajusté los guantes de látex y pasé mis dedos en cada pieza, hasta que llegué a ese pequeño cucharón con filo, con el que solía sacar ojos—. ¿Quién te acompañaba ese día?

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