CAMILLE ASHFORD
Entré presurosa a la oficina de Damián. Solo podía escuchar mi taconeo y ese pitido en mis oídos, producto del estrés. La imagen que encontré dentro era muy tierna. Los niños estaban tirados de panza sobre la elegante alfombra, usando los costosos bolígrafos para dibujar en hojas membretadas, mientras Andy y Damián hablaban muy cerca el uno del otro, viéndose con adoración y compartiendo sonrisas cargadas de complicidad y amor.
Eso era lo que yo quería, una familia bonita, pero… ¿Lucien podía dármela? Esa voz que parecía ser mi conciencia me gritaba que no, que él no era el indicado, que solo volvería a sufrir a su lado, que no habría un final feliz.
—¿Camille? —preguntó Damián al encontrarme paralizada en la entrada—. ¿Estás bien?
De inmediato rodeó el escritorio y se acercó, pero se detuvo en cuanto notó la presencia oscura que acechaba detrás de mí. No pude evitar cerrar los ojos, como niña descubierta en mitad de una travesura, esperando el regaño.
—Dime que no es cierto… —refunfuñó Damián con los hombros caídos y torciendo la mirada con cansancio—. Camille… No… No otra vez…
—Damián… —susurré sin saber cómo explicarme.
—¡No! ¡Nada de «Damián»! —exclamó furioso sin apartar la mirada de Lucien, mientras Andy se acercaba a los mellizos de manera protectora—. Ya te fuiste una vez con él. ¿Quieres que te recuerde como te fue? ¡Apenas se te han borrado los moretones que te dejó esa puta relación de m****a y ¿ya quieres nuevos?!
—Damián… —intervino Andy al notar que me estaba desmoronando.
—¡No! —gritó Damián cada vez más iracundo, acercándose un paso más hacia mí—. No sabes lo desesperante que es ver cómo te vas de nuevo con él, cuando yo tuve que recoger los pedazos.
»¿Crees que me gustó verte llorando días enteros en tu cama? —De pronto pude ver no solo coraje, sino también tristeza—. Eres mi hermana, te quiero Camille, y es muy frustrante querer salvarte de eso, querer que tengas una vida bonita y, aun así, que sigas aferrándote al hombre que tanto daño te hizo.
No me di cuenta de en qué momento mi nariz se constipo y una lágrima grande y pesada se equilibraba en mis pestañas.
—Las cosas serán diferentes ahora… —dijo Lucien detrás de mí, posando sus manos en mis hombros.
¿En verdad lo serían?
—Tú cállate… —siseó Damián, frustrado—. ¿En verdad quieres esto, Camille? ¡Mírame a los ojos y dime qué es lo que quieres!
—Es lo que quiero, Damián… —susurré y no pude sostenerle la mirada por mucho tiempo, porque sabía que lo estaba decepcionando.
—Bien… entonces matate tu sola —soltó antes de darme la espalda y regresar hacia su escritorio—. ¡Shawn! Acompaña al señor y la señora Blackwell a la salida.

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