ANDY DAVIS
Todo el camino hacia la casa fue en completo silencio. Los documentos que había recibido de mano de Meyer descansaban en el asiento trasero, respondiéndonos la mirada cada vez que lo veíamos a través del retrovisor.
La mansión se veía limpia, como si toda esa gente que pisoteó el jardín no hubiera estado, como si las ambulancias y las patrullas nunca nos hubieran invadido, pero se sentía extraño, se sentía… como si todo lo sucedido hubiera ensuciado nuestra vida, como si el aire se hubiera enturbiado, contaminado.
Ya no era igual.
Gracias a la influencia de Damián, él no fue detenido, pero era claro que John también era influyente, que también tenía algo de poder, y que lo usaría.
Rebasamos la puerta y el eco de nuestros pasos fue el único sonido dentro. Damián se fue directo hacia la habitación, sin decir nada. Odiaba que me tratara con tanta frialdad. Entendía que era la culpa lo que lo estaba alejando de mí, pero su actitud me hacía sentir mal. Entré a la cocina y saqué de mi bolso los estudios, deteniéndome en la prueba de sangre que me avisaba que estaba embarazada.
¿Era el momento adecuado para tener otro bebé ahora que nuestra vida se ponía de cabeza?
Apreté los labios antes de doblar la hoja y volverla a esconder en el fondo de la bolsa. No quería que la noticia empeorara la situación, debía de encontrar el momento indicado para decirle a Damián. Busqué mi teléfono, necesitaba hablar con Shawn para decirle que ya podía traer a mis bebés a la casa. Los extrañaba y los necesitaba, sabía que con su alegría podrían mejorar la situación, pero la curiosidad me estaba carcomiendo el alma. Quería ver las consecuencias de lo que había ocurrido la noche anterior.
Entré a mis redes sociales sin buscar nada en específico, hasta que por fin lo encontré, pero no era lo que esperaba. Era un video corto y de mala calidad de dos hombres peleando en el jardín del hospital. La mandíbula se me desencajó, porque sabía muy bien quienes eran: Damián y Lucien.
¿Qué carajos había pasado?
Subí las escaleras casi corriendo y entré a nuestra habitación. Se escuchaba el ruido de la ducha y el vapor se filtraba por debajo de la puerta. Cuando estaba dispuesta a entrar y exigir respuestas, la puerta se abrió, dejando salir a Damián con una toalla en la cintura mientras se secaba el agua del cabello.
Su mirada era fría, profunda, parecía que le faltaba algo: alma.
—¿Qué te está pasando? —pregunté claramente preocupada y antes de que pudiera responder le mostré el video—. ¿Vas a pelearte con todo el que se te atraviese?
Apartó el celular con suavidad y se dirigió hacia el clóset. Tenía una actitud relajada y tensa. Sus movimientos eran fluidos, pero sus músculos se tensaban. Su piel intentaba esconder el caos que se desarrollaba dentro de él.

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