ANDY DAVIS
—No puedes ir por la vida golpeando a todos, no puedes…
—¿No puedo? —me interrumpió con una sonrisa cargada de soberbia—. ¡Claro que puedo! Y lo haré. Antes de que me terminen de quitar todo, juro que los haré pagar.
»Y tal vez lo mejor sea que, mientras todo se resuelve…
—Ni se te ocurra decir una estupidez… —Lo sentencié porque sabía la dirección en la que iba.
—Ya viste lo que ocurre cuando pierdo la cabeza. ¿Quieres terminar con el otro ojo morado? —preguntó y aunque se esforzaba, era notorio que aún se arrepentía de lo que me había hecho. Podía perdonarlo cuantas veces fueran necesarias, pero que él se perdonara era un asunto diferente.
—Pues aprende a controlarte… porque no pienso irme —contesté con los brazos cruzados y plantándome frente a él.
—Mujer… ¡¿Por qué eres tan necia?! —Me tomó por los hombros con fuerza, pero sin lastimarme.
—Si tienes tanta energía… entonces úsala de otra manera —respondí sintiendo un calor que crecía en mi vientre, mientras delineaba sus labios con la punta de mis dedos.
En la habitación solo se escuchaban nuestras respiraciones y nuestros ojos se encontraron, haciendo que nuestras miradas se engancharan. Sus manos deseaban tocarme, pero él parecía no querer atreverse, hasta que por fin me estiré y le robé un beso. Cuando parecía que quería retirarse, envolví su cuello con mis brazos y mi cuerpo se adhirió al suyo.
No tardó en ceder, haciendo que el beso se volviera más necesitado. Me tumbó en la cama y se colocó encima de mí, cubriéndome con su piel aún húmeda. Se arrancó la toalla antes de comenzar a desvestirme, quitándome cada prenda con desesperación y deseo, mientras sus dientes se encajaban en mi cuello y su boca succionaba mi piel, de seguro dejando marca conforme iba bajando.
Esa manera tosca y feroz en la que me estaba tomando, como me agarraba del cabello y se ponía entre mis piernas de manera autoritaria y dominante, eran el reflejo de toda esa ira que aún no liberaba, pero no había golpes ni ofensas, solo un amor más tosco, más rudo, uno que me retorcía de placer y me hacía disfrutar de esa faceta que desconocía de mí misma.
Toda la vida siendo altanera y rebelde, alzando la voz y levantando mis puños, pero en la cama, entre los brazos de Damián, me volvía dócil y obediente. Me gustaba la manera en la que me dominaba y dejaba sus dientes marcados en mi piel, como sus dedos se encajaban en mi carne, obligando a mi cuerpo a servirle, ahogando mis gemidos contra su palma, mientras él derrochaba toda su energía en mi interior, hasta que el cansancio era lo único que parecía devolverme a ese hombre dulce y calmado en el que se había convertido después de conocer el amor.
***
CAMILLE ASHFORD
El silencio en el auto era absoluto e incómodo. Lucien no había hecho preguntas del por qué no me había quedado más tiempo en el hospital, solo se limpiaba las heridas con un pañuelo, evitando manchar las vestiduras con su sangre.

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