CAMILLE ASHFORD
Esa loción tan característica y varonil, a cuero, amaderada, fresca y con un toque de tabaco. Levanté la mirada y me encontré con esos hermosos ojos turquesa que derritieron mi corazón. Aunque mi cuerpo dolía no pude evitar sonreír.
—Lucien, estás aquí… —murmuré escéptica. No podía creerlo. Era como si hubiera aparecido por obra de magia—. En verdad eres real.
—Siempre estaré cuando me necesites —contestó dejando un suave beso en mi frente mientras me llevaba en sus brazos.
¿No es eso lo que una mujer necesita? Un hombre que siempre esté en las malas se merece estar en las buenas, ¿no?
Podía ver la preocupación tensando sus mandíbulas y frunciendo el ceño. Con mano temblorosa acaricié su mejilla.
—¿Estás enojado conmigo? —Tal vez no era el momento para preocuparme por algo así, pero en mi debilidad, mi cerebro parecía trabajar de manera muy básica y expuse mi miedo a disgustarlo. Dejé caer mi cabeza sobre su pecho y sus manos se tensaron al sujetarme.
—Nunca podría estar enojado contigo —susurró suavemente en mi oído mientras caminaba presuroso hacia el equipo médico. De inmediato lo rodeé con mis brazos y escondí mi rostro en su cuello.
—No quiero que lo estés… —contesté entre sollozos, recordando todas esas veces que me trató mal, que me sujetó con fuerza hasta lastimarme—. Yo… no quiero… que me lastimes de nuevo, porque no puedo mantenerme lejos de ti, no quiero…
»Prometo que me portaré bien y haré lo que me digas. Sé que… a veces soy muy rebelde y respondona, pero… yo quiero estar contigo, en verdad lo deseo, por favor, no te enojes conmigo otra vez.
Lloré como una niña en sus brazos, mientras mi cerebro era un caos. Mi corazón tampoco se controlaba. Mi boca no tenía filtros, el dolor me estaba haciendo sucumbir y mis pensamientos salían conforme se formaban y los sentía.
Había tenido cinco minutos de debilidad donde no me importó sonar débil y vulnerable, mientras decía lo que en verdad deseaba, porque sí, lo que más quería en esos momentos era su amor y dejar atrás el dolor. Ya no quería que me torturara, porque no solo me dolía a nivel físico, sino también me dolía el alma.
Estaba enamorada de él y… muchos dirían que era una tonta, pero sabía que regresaría cuantas veces me lo pidiera, sin necesidad de amenazas, porque en verdad quería que las cosas funcionaran.
Me dejó sobre la camilla y tomó mi rostro entre sus manos. La tensión que había visto en sus mandíbulas y ojos había desaparecido por completo y ahora solo había agonía. Las lágrimas caían calientes de mis ojos, sin poder detenerlas, mientras él las limpiaba con sus pulgares.
Parecía torturado, como si tuviera que tragarse algo asqueroso por obligación. Entreabrí los labios, pero antes de poder decir algo, él tomó la palabra:

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