CAMILLE ASHFORD
Los oídos me zumbaban y me arrastré como pude, alejándome de ella. El ama de llaves fue la primera en acercarse a mí, envolviéndome entre sus brazos de manera protectora mientras aún seguía en el suelo. Cuando alcé la mirada, el resto de la servidumbre estaba rodeando a la mujer desconocida, que las mantenía a raya con su cuchillo, agitándolo hacia ellas, sin saber de cual defenderse primero. Se había llevado buenos golpes al caer, pero no era suficiente para que se rindiera.
—¡No lo entiendes! ¡Si no muere ese niño, entonces moriré yo! —gritó desesperada y sus ojos se llenaron de lágrimas. De pronto la realidad cayó sobre mí como un balde con agua fría. Ya había visto a esa mujer antes, en el burdel, visitando a las demás bailarinas. Nunca intercambiamos palabra alguna, hasta hoy—. Yo no quería que nadie saliera herido, yo solo quería dinero, quería libertad, y ellos me la ofrecieron.
Con el maquillaje corrido por las lágrimas, su apariencia se había vuelto grotesca. Era una mujer desesperada y al borde de la locura.
—Ruiseñor… —susurré como si fuera el momento más irreal que había vivido—. ¿Quién te mandó? No estás sola, hablemos, las cosas se pueden solucionar. Lucien te puede proteger de quien sea, solo tienes que ser sincera y dejarnos ayudarte…
Entonces empezó a reírse de manera histérica, antes de calmarse de golpe, como si pudiera disponer de sus emociones con la facilidad con la que cambias de canal.
—¿Lucien me protegerá? —soltó con amargura y suspiró—. Será el primero en matarme cuando sepa quién soy. Me va a torturar y… ya no habrá más secretos.
»¿Crees que será benevolente con la mujer que asesinó a su hermana? ¿Tú evitarás que acabe conmigo de manera cruel?
Se me escapó todo el aire de los pulmones. Conecté los puntos, parecía lógico que la amante del prometido de Anna fuera la responsable de su muerte, pero que fuera lógico no significaba que doliera menos. Tenía razón, Lucien la haría pedazos. Cuando volví a alzar la mirada hacia Cloe, ella veía su reflejo en el cuchillo con melancolía.
—Si no puedo ser libre… entonces me iré a mi modo —susurró sin parpadear, acariciando el largo del cuchillo—. No voy a perecer en sus manos. No voy a sufrir la clase de muerte que se ganan los que fracasan.
—Cloe… Espera… —susurré estirando mi mano hacia ella, pero sabía que nada de lo que pudiera decir sería suficiente. Ella ya había tomado una decisión.
—No pude tener el control de mi vida, pero si tendré el control sobre mi muerte —prometió con la cara vuelta una máscara de tristeza y miedo, pero también de determinación. Deslizó el filo del cuchillo por su cuello, haciendo una cortada lo suficientemente profunda para desgarrar hasta su tráquea.
Cayó de rodillas, con los ojos fijos en mí mientras perdían su brillo. Quería desviar la mirada, pero no podía, estaba hipnotizada por ese momento tan grotesco como trágico. La sangre cayendo de su cuello, empapando sus ropas, se esparció por el piso con rapidez antes de que ella se desplomara aún con lágrimas en los ojos.
El silencio que siguió fue profundo e incómodo. Podía escuchar los latidos de mi corazón y por un momento me disocie, pues las punzadas en mi vientre se sentían lejanas, como si mi consciencia hubiera abandonado mi cuerpo por un momento.

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