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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 146

LUCIEN BLACKWELL

Las enfermeras se vieron entre ellas con sorpresa y las mandíbulas desencajadas.

—Bueno, cuando te amenaza un mafioso es difícil decirle que no —refunfuñó Damián a mis espaldas, mientras Andy brincaba de la emoción con lágrimas en los ojos y se aferraba a la manga de su hombre.

—¡Está vivo! ¡Damián! ¡Somos tíos! —exclamó al borde de la histeria mientras yo dejaba a mi hijo de vuelta en la cuna, esta vez llorando y retorciéndose, con un aire de indignación que me hizo sentir orgulloso.

—Digno hijo de Camille… —susurré acariciando su cabeza—. Igual de necio, igual de fuerte.

—Es un milagro… —dijo la primera enfermera, cerrando la cunita sin dejar de ver al bebé dentro, uno que había salido muerto, pero que ahora parecía más vivo que cualquiera de nosotros.

—No, al parecer solo es un Blackwell —contestó la segunda enfermera y la vi directo a los ojos, entonces la reconocí, era la misma que me había amenazado cuando vio los moretones en la piel de Camille—. Nos volvemos a encontrar, pero esta vez tiene la apariencia de lo que siempre tuvo que ser, un buen esposo y padre, lo felicito.

Retrocedí y no pude evitar rodar los ojos con fastidio, lo que menos quería era el halago de una enfermera partidaria de lo moralmente correcto.

Entonces sentí una tibia mano posándose sobre mi brazo, cuando volteé me encontré con unos ojos azules muy intensos que me veían llenos de lágrimas.

—¡Lo hiciste fantástico! —exclamó Andy y comenzó a sollozar—. Me siento tan orgullosa de ti. Eres un mal tipo, pero con un corazón enorme, sabía que harías lo correcto, que serías un fuerte pilar para Camille.

La emotividad en su voz y la forma en la que se aferraba a mi manga me desconcertaba. Había visto a esta mujer antes, fuerte, determinada y feroz, pero ahora era un mar de lágrimas incontrolable.

Ante mi silencio cargado de confusión por la manera en la que había ignorado esa barrera invisible que nos mantenía al margen, el brazo de Damián se enredó por el talle de Andy, levantándola con suavidad y alejándola de mí. Ella abrió los ojos con sorpresa, encogió las manos y las piernas, como un cachorro, un cachorro de pantera, que se asusta al perder el piso.

—Ha estado muy… «sentimental» últimamente, no entiendo por qué —dijo Damián con seriedad y apenado, queriendo justificar el comportamiento de su fiera, la misma que se giró y se abrazó a él como si hubiera cambiado de pantera a koala—. Tranquila, mi amor, todo está bien.

Damián la sostuvo y acarició su cabello con una ternura que no parecía normal en sus manos, mientras que Andy se aferraba a él como si estuviera en medio del mar, a la deriva, aferrándose a su salvavidas.

Perdí la cuenta de los segundos que perdí viéndolos, imaginándome una escena igual de dulce con Camille. Sonreí de medio lado y consideré que, si Andy era una pantera, Camille era una hermosa leona de pelaje dorado y mirada retadora.

De pronto atravesó las puertas el doctor que atendía la cirugía, con el rostro aún cubierto por el cubrebocas y las manos temblorosas.

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