LUCIEN BLACKWELL
Me moví con cuidado, viendo como el personal levantaba y limpiaba el interior del quirófano, mientras mi bello ángel se mantenía en la cama, con esa mascarilla de oxígeno en su rostro mientras el anestesista le tomaba el pulso. En cuanto el hombre, ya entrado en años, me vio acercarme, sonrió por debajo de su cubrebocas, lo supe por cómo sus mejillas parecían querer salirse por encima de los cordones.
—Pero si es el esposo asesino… acérquese, ya lo peor pasó —dijo divertido antes de regresar su atención a su reloj. Parecía estar comparando lo que marcaba el monitor con lo que sus dedos percibían en la muñeca de Camille—. Hable con su esposa. Aunque parece anestesiada, ella lo puede oír y eso le ayudará a encontrar el camino de regreso más rápido.
»Me parece que ya lo hizo con su hijo allá afuera, o eso es lo que dicen. Aquí los rumores vuelan.
Después de mis amenazas y gritos, me sorprendía que este hombre se tomara mi presencia con tanta calma. En completo silencio tomé la mano de Camille, acariciando sus nudillos con mi pulgar. Me incliné y besé su frente con cariño mientras mis dedos peinaban sus cabellos. Se veía muy pálida, de seguro por culpa de la hemorragia.
—¿Estará bien? —pregunté en un susurro, sin apartar la mirada de ella. Incluso en ese momento era la criatura más hermosa que había visto en mi vida.
—Lo estará… pero será difícil. Fue una operación complicada. Necesitará muchos cuidados —sentenció. No tenía miedo a dedicar cada día a atenderla. No me importaba cargarla en mis brazos a diario, lo haría, aunque no fuera necesario.
Asentí, aceptando cada una de sus palabras, sin poder separar mi vista de Camille.
—Te amo… —susurré en su oído y noté como sus latidos aumentaron, haciendo sonar con más insistencia el monitor—. Te amo, mi leoncita, y te necesito de regreso. Nuestro hijo te necesita.
Besé su mejilla antes de que sus dedos apretaran mi mano, reconociéndome incluso en la inconsciencia, y en ese momento mi corazón comenzó a latir al mismo ritmo que el suyo.
***
CAMILLE ASHFORD
Me costó demasiado abrir los ojos, sentía los párpados pegados y mis recuerdos eran como una pesadilla que comenzaba a tornarse borrosa. Mis labios estaban secos al igual que mi garganta y cuando alcé la cabeza, las luces se veían borrosas y los sonidos ahogados.
—Tranquila… Descansa… —escuché una voz femenina y mi cerebro tardó más de lo habitual en identificarla. Se trataba de Andy, quien se había acercado a mí, presurosa para tomar mi mano. Su sonrisa me reconfortó—. Buenos días, ¿cómo te sientes?
—Como si me hubiera atropellado un autobús… quinientas veces seguidas —mi voz sonaba pastosa, incluso ronca. Entonces posé ambas manos en mi vientre, se veía más pequeño y se sentía… vacío—. ¿Dónde está mi bebé?
No pude ocultar mi nerviosismo y angustia, estaba desesperada por cada segundo que pasaba sin una respuesta, mientras Andy presionaba el botón de emergencias para llamar a las enfermeras.
—Está bien, pero…
—¡¿Pero?! —exclamé con un nudo en la garganta, interrumpiéndola. De pronto mi cuerpo se volvió a activar con una fuerte descarga de adrenalina—. ¡¿Qué pasó con mi bebé?! ¡¿Dónde está mi bebé?! ¡¿Dónde está Lucien?! ¡¿Qué fue lo que pasó?!

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