ANDY DAVIS
Se me heló la sangre por decir lo menos. Sentí que el teléfono se me caería de la mano mientras Bastián me veía confundido, esperando una explicación. Entonces noté que mi boca se movía, pero ninguna palabra había salido de ella. Parecía un pez fuera del agua.
—Pero… ¡¿Qué le pasó?! ¡¿Se cayó?! ¡¿Qué ocurrió?! —pregunté con más desesperación en la voz de la que deseaba.
—¡No lo sé!… solo dijo que le dolía el cuerpo y no quería comer nada. De pronto le empezó a salir sangre de la nariz y cuando lo toqué tenía fiebre —soltó la niñera esforzándose por no balbucear, parecía presa del pánico y al borde del llanto.
—Voy para allá —logré decir antes de cortar la llamada, no quería seguir lidiando con su histeria mientras yo misma entraba en ella, entonces miré a Bastián con los ojos empañados de terror—. Es León… está en el hospital, está muy mal.
Sin hacer más preguntas, Bastian pagó la cuenta apresuradamente y salimos del restaurante a toda prisa. Durante el trayecto, mi mente era un torbellino de miedo y angustia. No podía perderlo. No a mi bebé.
Bastian me instaba a hablar, pero yo simplemente no podía, ni siquiera sus palabras tenían sentido dentro de mi cabeza, en lo único que pensaba era en llegar con mi bebé.
Al llegar al hospital, encontramos a la niñera en la sala de espera con mi hija en brazos. Su expresión era sombría y desconectada. Bastián de inmediato tomó a mi pequeña Victoria entre sus brazos para arrullarla mientras la niñera levantó su mirada llorosa hacía mí.
—Estaba jugando cuando, de repente, se sintió débil. Le quise dar un poco de manzana picada, pensé que… solo necesitaba algo de energía, pero… su nariz empezó a sangrar y tuvo fiebre muy alta. Lo ingresaron de inmediato, pero él ya se había desmayado —explicó con la voz temblorosa.
Antes de que pudiera hacer más preguntas, un doctor se acercó a nosotros. Su andar presuroso y actitud seria solo me alarmó más.
—¿Señora Davis? —Su tono era metálico—. Necesito hablar con usted sobre su hijo.
Bastián y yo lo seguimos hasta el consultorio. Me senté con las manos temblorosas mientras el doctor se acomodaba en su silla.
—¿Dónde está mi hijo? ¿Cuándo podré verlo? —pregunté angustiada, con las manos temblorosas.
—De momento está estable y en un momento más le pediré a una de nuestras enfermeras que la lleve a su habitación, pero debo de advertirle que los síntomas de su hijo indican una posible leucemia. Necesitamos realizar pruebas para confirmarlo y, en caso de ser así, buscar un donante de médula ósea compatible. Lo ideal sería que los padres fueran los primeros en hacerse la prueba.
Mi mundo se desplomó a mi alrededor. Sentí que el aire me faltaba, pero asentí con la cabeza, tratando de mantener la compostura.
—Por supuesto. Hagamos lo que sea necesario —murmuré, mirando de reojo a Bastián, quien asintió con firmeza.
—Si me pueden acompañar para que les realicen la prueba de compatibilidad —susurró el doctor levantándose de su asiento. Cuando llegamos a la puerta del consultorio, él volteó de repente y vio a Bastián con intensidad y algo de duda—. ¿Usted es el padre biológico del niño?

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