DAMIÁN ASHFORD
La puerta del salón privado se abrió con suavidad y entró Mindy Miller, la mujer que mi madre había escogido como madre subrogada. Alta, de rasgos delicados, con una cabellera rubia que caía en ondas perfectas y unos ojos color ámbar que destilaban seguridad.
Parecía una modelo en pasarela, segura de su figura y su belleza. No era el tipo de mujer que se amedrentaba fácilmente y su porte dejaba claro que estaba acostumbrada a moverse entre la élite. Pero por más que tratara, no podía ver en ella lo que aún me atormentaba cada noche: a Andy.
Se sentó con gracia en el sofá frente a mí, cruzando las piernas de manera calculada. Podía apostar que había tardado horas en encontrar el vestido correcto, lo suficientemente elegante para ser considerada una dama, lo suficientemente corto para que pudiera mostrar un poco de sus muslos e intentar seducirme de manera disimulada.
—Es un placer conocerte al fin, Damián —dijo con voz suave pero firme.
—Señor Ashford… —la corregí sin emoción. En vez de apenarse o retroceder, solo sonrió coqueta.
—Lo siento, no quise ofenderlo, señor Ashford —contestó tranquilamente, echando su cabello detrás de sus hombros desnudos.
—Supongo que mi madre ya te ha explicado todo el acuerdo. —Dejé pasar su impertinencia para mejor enfocarme en lo importante.
—Por supuesto —respondió ella sin vacilar—. No tengo inconveniente con las condiciones. Es un trato justo y beneficioso para ambas partes.
Esa respuesta me habría complacido hace años, pero ahora todo sonaba insípido. Miré su sonrisa, sus gestos refinados, su forma de hablar con precisión medida. Todo en ella era perfecto… y ese era precisamente el problema. No tenía esa ferocidad indomable que me había vuelto loco por Andy. No tenía su pasión desbordante, su maldito carácter imposible, ni su forma de hacerme perder la cabeza con una sola mirada desafiante.
Sentí un nudo formarse en mi estómago. Andy. Todo volvía a ella. M*****a sea, todo en mi vida seguía girando alrededor de una mujer que me odiaba y que había desaparecido hacía cinco años.
—¡Mindy! ¡Querida! —exclamó mi madre entrando al salón con los brazos abiertos y esa sonrisa hipócrita y radiante—. ¿No te dije, Damián, que ella era perfecta?
—El sentido de la perfección depende del observador —refunfuñé antes de levantarme de mi asiento. Mindy se mantuvo serena y con una sonrisa, pero mi madre había comenzado a molestarse.
—¿Por qué no vamos al comedor? El chef hizo platillos excepcionales para este momento —agregó mi madre manteniendo la compostura.
Mindy continuó hablando del acuerdo. A cada palabra que salía de su boca, en mi mente, la imagen de Andy se hacía más presente. Ella no habría aceptado esto tan fácilmente. Andy me habría lanzado una mirada desafiante, me habría hecho cuestionar mis propias decisiones, me habría vuelto loco con una sola sonrisa retadora.
—Damián —la voz de mi madre interrumpió mis pensamientos entonces noté que la comida en mi plato estaba intacta y fría—, ¿puedo hablar contigo en privado?
Resoplé sintiendo la presión de la situación sobre mis hombros. Me puse de pie y seguí a mi madre a una habitación contigua. La conocía lo suficiente para saber que tenía algo planeado, y por la expresión en su rostro, no me gustaría.

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