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Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO romance Capítulo 46

DAMIÁN ASHFORD

Desperté con la cabeza dándome vueltas, la boca seca y un peso extraño en el cuerpo, como si hubiera estado sumergido en agua durante horas. Me incorporé con dificultad, llevándome una mano al rostro, tratando de disipar la niebla en mi mente. Parpadeé un par de veces hasta que mi visión se aclaró lo suficiente para notar que mi camisa y mi saco estaban tirados en el suelo y sentí un golpe de furia en el pecho. Por suerte mi pantalón seguía donde debía.

Aparté la sábana con brusquedad y me puse de pie, casi tambaleándome. ¿Qué demonios había pasado? Lo último que recordaba era a Mindy mientras yo perdía el control de mi cuerpo. Revisé la habitación con la urgencia de un animal acorralado. Comencé a abrir cajones, a buscar entre la ropa esparcida, la habitación se estaba convirtiendo en un completo caos hasta que vi un bolso escondido detrás de la cómoda. Lo tomé sin dudar y lo abrí. Dentro, encontré un frasco de pastillas que no reconocía. Mi mirada seguía borrosa, pero no necesitaba leer la etiqueta para saber que algo estaba mal. Guardé el frasco en el bolsillo de mi pantalón justo cuando la puerta del baño se abrió.

Mindy apareció envuelta en una toalla, parecía haberse dado un baño. Lucía su sonrisa de siempre, esa que me parecía tan vacía y metódica.

—Buenos días, Damián —murmuró con dulzura, como si nada hubiera pasado y mi rabia explotó.

—¡¿Qué hiciste?! —rugí dando un paso hacia ella. No tendría problemas en darle una paliza, mujer o no, embarazada o no, valdría la pena cada golpe.

Frunció el ceño, fingiendo confusión y retrocedió aterrada.

—¿De qué hablas? —respondió con voz inocente y temblorosa.

—No juegues conmigo, Mindy —siseé—. ¡Me drogaste, perra ingrata! —Mi voz temblaba de ira contenida—. Prometí hacerme cargo de ese niño, pero necesitabas más, ¿verdad? ¡Juro que te destruiré! ¡No sabes con quien te metiste!

Ella puso cara de ofendida, llevándose una mano al pecho.

—¡Yo no hice nada! —exclamó como si la acusara de una atrocidad impensable—. Fue tu madre, Damián. Fue ella quien organizó todo esto. Pensé que estabas al tanto... que querías estar aquí conmigo.

—Mientes… —solté con los dientes apretados y sin apartar la mirada de ella.

—No, ella me dijo que te esperara, que habías aceptado arreglar las cosas entre nosotros y adelantar nuestra luna de miel, que había recapacitado y querías darle una familia unida a nuestro bebé… Por eso estoy aquí —contestó con determinación y viéndome directo a los ojos. ¿En verdad era tan buena mintiendo? Cada palabra suya era veneno envuelto en seda.

—Dime qué pasó anoche. La verdad. —Levanté la voz, exigiendo una respuesta.

Mindy suspiró y rodó los ojos, como si mi pregunta fuera un fastidio innecesario.

—Pasó lo que tenía que pasar, Damián. Fuimos apasionados, intensos... fuiste un tigre en la cama —susurró con una sonrisa perversa.

El asco me revolvió el estómago. La sujeté por los hombros con fuerza y la empujé sobre el colchón, mirándola con puro desprecio.

—¡Eres una maldita perra mentirosa! —Mi voz era grave, amenazante. —Solo drogándome podría tocarte. ¡Nunca habría hecho eso conscientemente!

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