ANDY DAVIS
—León tiene razón —contesté poniéndome de pie, apesadumbrada—. Nunca me han mentido, ni en sus travesuras más complejas. Saben que los accidentes pasan y que nunca me voy a enojar solo por eso. Estoy segura de que ellos no hicieron nada malo.
Me acerqué a mis pequeños y los estreché con fuerza, besando sus cabezas, intentando reconfortarlos, aunque yo me sentía mal por mi teléfono.
—No te preocupes, Andy. Te compraré uno nuevo y mejor. Ya era hora de cambiarlo, ¿no crees? —dijo Bastián aceptando dejar el tema atrás.
—No quiero un teléfono nuevo. Este aún servía. Jamás había hecho algo así. —Lo miré con el ceño fruncido. Bastián sonrió con dulzura, acariciando un mechón de mi cabello.
—No tienes que aferrarte al pasado —dijo con voz suave—. A veces, es mejor empezar de nuevo.
Fruncí los labios, incómoda, sintiendo que no estaba hablando de mi celular, sino de algo más profundo, pero antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró en mis manos. Miré la pantalla y vi un mensaje. Mi corazón latió con fuerza. Era del número de Damián.
Abrí la conversación y lo vi.
La imagen.
Mis ojos paseaban por cada palabra sin poder comprenderla, como si fuera un idioma desconocido, y la miniatura de la imagen me decía que no tenía que abrirla por completo para saber lo que encontraría en ella.
Mi respiración se cortó, como si un puño invisible se cerrara alrededor de mi garganta y decidí que no estaba en el lugar indicado para caerme en pedazos.
—¿Me permiten? Tengo que revisar algo… —solté y sin esperar respuesta salí de la habitación, directo al pasillo, pasando entre enfermeras mientras el teléfono parecía pesar diez veces más que de costumbre.
Me detuve a un paso del barandal y agarré valor. De nuevo revisé el mensaje y tuve que abrir la foto, esta mostraba a Damián dormido en una cama adornada con pétalos de rosa, entre sus brazos estaba Mindy. La sábana cubría lo justo, pero la insinuación era clara. Mi mundo se desmoronó en un instante. Sentía como si me estuviera ahogando con la traición y me agarré con fuerza del barandal antes de prestar más atención al mensaje. Sabía que lo había escrito ella:
«No me parece justo que juegue con las dos. Mereces saber la verdad, Andy. Él puede ser dulce contigo y con los niños, pero la realidad es otra. Damián solo quiere una mujer que pueda mostrar en fiestas elegantes, alguien que le dé estabilidad, y esa soy yo. Y tú… tú serás la amante, oculta del ojo público, la que visita de manera ocasional y le da migajas. Solo busca calmar su remordimiento con los niños, pero nada más. Tenías que saberlo».
No podía respirar. Mis pulmones ardían, mi pecho dolía. La traición se clavó en lo más profundo de mi alma como un cuchillo afilado y cruel. Solté el teléfono, que cayó al suelo con un ruido sordo. Mis manos temblaban mientras me aferraba al barandal del pasillo, tratando de mantenerme en pie, pero mis rodillas flaquearon y terminé hincada, aun aferrándome con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.

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