ANDY DAVIS
El trayecto fue un martirio. Los niños parecían traicionados por haber escuchado lo que Bastián tenía que decir. Podía ver sus ceños fruncidos a través del retrovisor.
—¿Nos vamos a mudar del departamento de Bastián? —preguntó León rompiendo el silencio, con su pequeño ceño fruncido y la voz quebrada—. ¿Nos mudaremos con papá?
Sus ojos llenos de ilusión me cortaron toda intención de negar todo.
—¿Cuándo volveremos a ver a papá? Lo extrañamos. —Ahora fue Victoria quien preguntó, asomándose entre los asientos, ansiosa por una respuesta.
Mis dedos se aferraron con fuerza al volante. Sabiendo la respuesta, pero no como decirla sin herirlos.
—Niños, lo siento, pero… no lo verán más. —Aún no veía sus caritas, pero mi corazón ya estaba roto por la impresión que mis palabras debieron de dejar en ellos y que el silencio me confirmó.
Cuando me estacioné delante de la escuela, apagué el auto, pero no tenía ganas de bajar aún.
—Lo extrañamos —susurró León con voz apenas audible—. Sé que no lo conocemos tan bien, pero… en pocos días fue mejor que Bastián. Yo prefiero estar con él.
No tenía respuesta para eso. No podía decirles lo que yo misma me repetía como un mantra: Damián y yo no éramos posibles. Su mundo y el mío jamás podrían entrelazarse sin destruirnos mutuamente.
—Es tu culpa. —La voz de León me traspasó como un cuchillo—. Si no hubieras escogido a Bastián, papá estaría con nosotros.
—León… —apenas pronuncié su nombre cuando él abrió la puerta y salió corriendo con Victoria detrás de él, directo hacia las puertas de la escuela donde su maestra los recibió con alegría y los brazos abiertos. Troté detrás de ellos, pero me detuve cuando los vi a salvo, quedándome con la sensación de que todo se desmoronaba bajo mis pies.
Después de compartir una mirada con mis pequeños, que era una clase de despedida agridulce, regresé sobre mis pasos, esperando dentro del auto hasta que las puertas de la escuela se cerraron. Mi cabeza era un caos y no me sentía capaz de ignorar todo esto y trabajar como debería.
El bufete me recibió con su silencio acostumbrado. Apenas crucé la recepción, la secretaria me informó que tenía un visitante. Era mi primer día después de mi larga ausencia por la enfermedad de León, ¿cómo era posible que ya tuviera un cliente que atender?
—¿Quién me busca? —pregunté mientras tomaba las tarjetas con pendientes de su escritorio y seguía de largo hasta mi despacho.
En cuanto abrí la puerta me quedé petrificada. Mi pecho se contrajo al ver la figura relajada y dominante descansando en una de las sillas frente a mi escritorio.
—El señor Ashford —contestó la secretaria detrás de mí antes de cerrar la puerta.
—Tu oficina en mi empresa era más grande y cómoda —dijo con esa voz grave que me estremecía.
—¿Qué haces aquí? Vete de inmediato —dije tajante mientras mantenía mi distancia de él, pero como siempre había una clase de magnetismo que me impedía alejarme.

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