DAMIÁN ASHFORD
El tic tac del reloj era suficiente para desconcentrarme. No podía enfocarme en mi trabajo pensando que mis hijos estaban siendo extraídos como si fueran un tumor del vientre de esa irritable, pero atractiva mujer. Era una cuestión que me causaba rabia conforme más lo pensaba. Tenía la incertidumbre del arrepentimiento, pero también el consuelo de que algo dentro de mí me decía que estaba haciendo lo correcto. Lamentablemente no era suficiente para que mi mente se enfocara.
—¿Señor? —preguntó mi ayudante asomando apenas la cabeza por la puerta. Revisé mi reloj de pulso y me pregunté qué carajos hacía aquí, ¿no debería de estar aún en la clínica, supervisando que todo estuviera saliendo según lo planeado?
—¿Qué haces aquí? —contesté de mala gana y levanté la mirada hacia él—. ¿Ya acabó el procedimiento?
—Ah… no —respondió tragando saliva de manera sonora.
—¿Entonces? —pregunté con más firmeza y demanda en la voz. Entró con paso tembloroso y se plantó frente a mi escritorio. Podía notar el temor en sus ojos.
—La… señora Davis… se fue… —soltó bajando la voz en cada palabra.
—¿Se fue? ¿Perdón? ¡¿Escuché bien?! —exclamé dando un golpe seco en el escritorio y poniéndome de pie—. ¡¿Cómo carajos se fue?!
—¡Escapó! ¡Escapó! —Cerró los ojos como si me creyera capaz de golpearlo, y ganas no me faltaban.
Inhalé profundamente, ajusté mi corbata y le di la vuelta a mi escritorio. Con una calma que no sentía, me serví un trago en mi pequeño minibar y me lo bebí de una sola intención.
—¿Me puedes explicar como es que escapó si estabas tú y mis guardaespaldas cuidándola? —pregunté sin voltear a verlo, mientras rellenaba mi vaso.
Estaba frustrado e iracundo. Era por esta clase de situaciones que no me gustaba delegar responsabilidades, porque la gente era estúpida y parecía que nadie podría hacer las cosas mejor de lo que yo mismo lo haría.
—El… doctor le abrió la ventana… —susurró apenado, en un tono tan bajo que solo me irritó más por su cobardía.
—«El doctor le abrió la ventana…» —repetí como si fuera un mal chiste—. ¿Tan fácil fue para ella evadir a mi seguridad y a mi ayudante? ¿Solo saltando por una ventana? ¿Es en serio?
Comencé a reír, pero eso solo asustó más a mi ayudante, porque sabía que detrás de ese gesto solo había ira.
—Esa mujer lleva en su vientre a mis hijos, ¿lo entiendes? —pregunté echando todo el aire por mi nariz—. No puede simplemente desaparecer y salirse con la suya. ¡Son mis hijos!
—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Lo siento! —respondió mi ayudante retrocediendo cada paso que yo daba hacia él.
Con una sonrisa y los dientes apretados, lo tomé por la corbata y la acomodé, luchando con mis ganas de ahorcarlo con ella.

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