DAMIÁN ASHFORD
Llegué a primera hora a la sede de mi empresa donde Andy estaba intentando conseguir trabajo. Había viajado toda la noche para poder estar ahí a tiempo, tal vez fue innecesario, no era que no pudiera enviar órdenes desde mi oficina, en la sede principal, pero aquí estaba, movido no solo por la curiosidad sino también por las ansias de volver a verla.
Caminé con determinación, avanzando entre miradas y susurros. Cada trabajador volteaba a verme admirado de que estuviera ahí sin un motivo aparente o previo anuncio de mi llegada. Mi presencia infundía miedo y respeto, ¿por qué solo conformarme con uno si podía obtener los dos?
De pronto mi cuerpo se congeló, mis pies no pudieron seguir andando, era como si una clase de magnetismo me hubiera atrapado. Cuando volteé, la vi. Se encontraba en la pequeña sala de espera afuera del departamento de recursos humanos. Tenía el cabello recogido en un chongo algo desarreglado que dejaba caer mechones a ambos lados de su rostro. Usaba un traje sastre que la hacía ver profesional y dejaba ver sus largas y torneadas piernas que terminaban en unos finos tobillos.
Me recargué en la esquina, sin despegar mi mirada de ella. Estaba tan absorta con los papeles entre sus manos que ni siquiera se percató de que la estaba acechando. Por un breve momento lamenté que la inseminación hubiera sido en el laboratorio, algo me decía que esa fiera debía de ser fuego en la cama.
Tuve que intentar disimular mi sonrisa mientras sacudía mi cabeza, sacando esas nuevas fantasías de verla en lencería y entre mis sábanas.
—¿Señorita Davis? —preguntó el encargado de R.R. H.H. y tuve que retroceder un poco para que ella no se percatara de mi presencia. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, me acerqué en completo sigilo, despertando el asombro en los demás postulantes para el puesto.
Con cuidado giré la perilla y entreabrí la puerta. Andy estaba tomando asiento, dándome la espalda. Estaba claramente nerviosa, pero atenta a todos los movimientos del reclutador. Cuando por fin ambos estuvieron de cada lado del escritorio, abrí un poco más la puerta y me mantuve ahí, escuchando su voz cantarina. No sonaba violenta, su nerviosismo la hacía dócil y servicial, no me molestaría que comenzara a hablarme de la misma manera: sumisa.
—Sus calificaciones son impecables, señorita Davis, pero no tiene nada de experiencia en el campo laboral —dijo el reclutador y alzó la mirada, encontrándose conmigo. Sostuve mi índice sobre mis labios, pidiéndole prudencia y silencio. Me sentía como un cazador al acecho y no quería que echara todo a perder.
De inmediato el hombre recuperó el control de sus gestos y le ofreció una sonrisa rígida a Andy, quien no parecía haberse dado cuenta de nada.
—Sí, me casé después de graduarme —contestó como si fuera algo que la avergonzara—. Pésima decisión. Desperdicié muchos años de mi vida.
—Mmm… pero ahora está divorciada, por lo que indicó en sus documentos —las palabras del reclutador me dejaron congelado. ¿Divorciada? Comencé a sentir cierto burbujeo en mi pecho que empezaba a ser molesto. ¿Qué era? ¿Alivio, alegría?
—Sí, recién divorciada y más feliz que nunca —contestó Andy con una risa rígida que le estaba ayudando a liberar tensión.
—Ah… ¿Felicidades? —El reclutador intentó comprender su alegría, pero sabía que no le duraría mucho, planeaba darle malas noticias y comencé a tensarme—. Entonces… soltera y… sin hijos, ¿cierto?
El silencio por parte de Andy alertó al reclutador.
—Yo… «aún» no tengo hijos —dijo Andy nerviosa mientras comenzaba a mover una de sus piernas con insistencia, intentando ocultar su nerviosismo.
—¿Aún? —El reclutador agachó la mirada hacia el vientre de Andy y se jaló la corbata—. ¿Entiende que, en caso de estar embarazada, no nos conviene contratarla? No tendría sentido que en un par de meses solicite una baja por maternidad, eso es algo que solo le brindamos a las empleadas que ya han pasado bastante trabajando para nosotros y…
Entonces me cuadré de manera dominante y solo con la intensidad de mi mirada hice que el reclutador se diera cuenta de mi molestia.
—Y… ah… ¡Supongo que no hay problema! ¡¿Qué más da?! —soltó nervioso antes de regresar su atención a los documentos en sus manos, huyendo de mi mirada antes de seguir—. En cambio, la falta de experiencia sí es un gran obstáculo…
Rechiné los dientes y me concentré en no entrar furioso para arrancarle la cabeza.
—Ah… pero… —Entornó los ojos, intentando descifrarme, y yo levanté una ceja—. Tal vez… ¿podría recibir una capacitación más profunda?
—Claro, estoy dispuesta a aprender. Entiendo que a veces las capacitaciones no tienen pago… ¿sería de esa manera? —preguntó Andy inclinándose hacia delante mientras el reclutador no podía desviar su mirada de mí. Con entornar los ojos fue suficiente para que despertara de la hipnosis y sonriera de manera mecánica.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Embarazada por Accidente de los Mellizos de CEO