ANDY DAVIS
El nombre de Rachel Monroy se convirtió en una espina clavada en mi mente. Lo intenté. Intenté no pensar en ello, intenté fingir que no me importaba, pero sabía que Damián la había mencionado, no solo para molestar a Bastián, sino también para clavar la duda en mí. Ese hombre no hacía nada de manera casual. Cada una de sus palabras tenía una intención.
—Andy, Rachel Monroy no es nadie —dijo Bastián molesto. Entonces levantó sus ojos avellana hacia mí. A diferencia de otras veces, parecían hostiles y fastidiados. Sintiendo mi molestia, caminó hacia mí, posando ambas manos en mis hombros—. Rachel solo está vinculada a una deuda que tenía. Me ayudó a que su padre me diera mucho dinero, ¿entendido? Eso es todo. Esa es la deuda que he podido saldar con el dinero del caso que gané. Ahora soy un hombre libre y no hay motivo para volver a pronunciar su nombre.
»Por favor, no dejes que Damián arruine todo, más de lo que ya ha hecho. Solo… recuerda lo felices que éramos juntos, cuando él era el monstruo que se había quedado en América. No quiero perderlo todo por su culpa, no quiero perderte a ti. —Pegó su frente a la mía mientras acariciaba mis mejillas. En verdad parecía tener miedo.
No podía echar a la basura 5 años de apoyo incondicional, pero ya no éramos la pareja perfecta que Bastián quería mostrar al mundo. Algo había cambiado, y yo lo sentía.
—Tengo que irme… —soltó pasando por un lado como si todo estuviera arreglado.
—¿Irás al bufete? —pregunté confundida. Siguiéndolo con la mirada.
—Sí, quiero empezar temprano —respondió con una sonrisa perfecta antes de darme un beso en los labios. Una suave presión que no fue suficiente para quitarme de la cabeza que estaba mintiendo. No tenía sentido que llegara tan temprano al trabajo. No habría nadie, ni un motivo esperándolo.
En cuanto se fue mis niños salieron de sus habitaciones, listos para empezar el día. Parecían muy felices de no ver a Bastián por ningún lado.
Bajamos al estacionamiento y nos acomodamos en el interior del auto, pero había algo en el ambiente que me hacía sentir nerviosa, como si el aire estuviera electrificado. Cuando encendí el auto, entonces lo supe, había sentido su presencia incluso antes de verlo.
Estaba ahí, de pie en medio del camino, como si su mera existencia tuviera el poder de detenerlo todo.
Damián, con su sonrisa fría y esa actitud dominante que me hacía querer arrojarme a sus brazos.
Bajé la ventanilla y me asomé. Su soberbia llenaba todo el estacionamiento.
—Dame un motivo para no pisar a fondo el acelerador… —lo amenacé haciendo rugir el motor de mi auto, pero él no tuvo que responder en absoluto. Su mirada se volvió más afilada, retadora, como si supiera que no lo haría, que tenía control sobre mí.
—¡Papá! —León fue el primero en gritar con emoción, golpeando con fuerza en su asiento antes de forcejear con la manija de la puerta—. ¡Papá! ¡Papá!
Noté la desesperación en mis pequeños a través del retrovisor. Incluso Victoria que era la más conservadora había bajado la ventana y tenía medio cuerpo de fuera, estirando sus manitas hacia el ingrato de su padre que parecía satisfecho por la reacción de sus hijos.
—Creo que sería muy educado de tu parte que les dejaras salir a saludarme. ¿No crees? —preguntó con media sonrisa, caminando hacia el llamado de su hija.
A regañadientes, quité los seguros de las puertas y Damián ya estaba tomando por las axilas a Victoria, para terminar de sacarla por la ventana. En segundos los mellizos estaban sobre él, abrazándolo con todas sus fuerzas. Damián los envolvió en sus brazos con una facilidad que me dejó sin aliento.
—¡Nos dejaste solos! —reclamó Victoria con un puchero adorable y su padre, enternecido, pellizcó sus mejillas infladas.

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