ANDY DAVIS
—No importa que seas su padre, sigues siendo un desconocido, y no dejaré que te los lleves a quién sabe dónde —agregué tajante, queriendo terminar la discusión en ese momento.
—Pero… no es un desconocido —dijo León con el ceño fruncido.
—Es papá —agregó Victoria ladeando la cabeza como si no comprendiera mis palabras.
—Además, no irán solos conmigo, no pienso llevármelos sin ti —interrumpió Damián con esa seguridad aplastante—. Velo como una salida familiar. Hasta te compraré un helado si prometes portarte bien.
—¿Cómo dices? ¿Portarme bien? —pregunté indignada mientras los mellizos reían divertidos. Mi ceño se frunció aún más y él sonrió con satisfacción.
—Ya sabes… No patear ni morder, y nada de palabras altisonantes, de esas que me encantan tanto, pero que los niños no pueden escuchar —agregó con cinismo, como si buscara irritarme más, y al mismo tiempo me observaba con fascinación.
¡Parecía encantado de verme enojada!
—Eso… —murmuró sin apartar su mirada—. Justo eso fue lo que me hizo enamorarme de ti.
León alzó la mirada, curioso, intentando ver lo mismo que Damián veía en mi rostro, mientras yo tenía que lidiar con los latidos de mi corazón, sonaba tan fuerte que me dio vergüenza.
—Te enamoraste de mamá porque… ¿es muy enojona? —preguntó mi pequeño con inocencia y entornando los ojos.
Damián rio bajo mientras Victoria soltaba una risita traviesa.
—Si cambias tus planes, no solo iremos por helado, sino que también te hablaré de Rachel Monroy. Apuesto a que Bastián no ha resuelto tus dudas como esperabas, ¿cierto? —Odiaba ese tono cargado de arrogancia. Maldito, sabía exactamente cómo atraparme.
Nos vimos a los ojos por largos segundos, mientras luchaba por no caer en su trampa.
No lo logré.
—Bien, pero no quiero rodeos. —Parecía que era únicamente mi curiosidad lo que me motivaba a cambiar mi día y no solo lo atractivo que sonaba pasar tiempo con Damián.
Sonrió con satisfacción antes de guiarme a su auto con un ademán caballeroso.
—¡Wao! ¡El coche de papá es impresionante! —exclamó León dando brinquitos, viendo su reflejo en la pintura negra y encerada.
—Parece más caro que el de mamá… incluso que el de Bastián —susurró Victoria acariciando el frío metal con sorpresa.
Damián les abrió la puerta y los niños escalaron en los asientos de piel con emoción. Por un breve segundo tuve miedo de que fueran a arruinarlos de alguna manera, no quería endeudarme, pero Damián era su padre, podría mandar a tapizar los asientos cuantas veces fuera necesario, ¿no?
En cuanto me abrió la puerta del copiloto su cercanía me intimidó, pero no lo demostré.
—¿Nunca te has preguntado todo lo que te daría si tan solo cedieras un poco? —susurró en mi oído, haciendo que volteara hacia él, manteniendo mi rostro a centímetros del suyo—. La casa que tú quisieras, el auto más costoso, ropa de diseñador, joyas… todo lo que me pidieras. Movería cielo, mar y tierra para complacerte.

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