CAMILLE ASHFORD
El «chalet» estaba lleno de risas. Victoria y León corrían a mi alrededor, su felicidad era contagiosa y me reconfortaba verlos así. Tenían tanta energía como ternura en sus pequeños cuerpecitos. A veces me preguntaba si Damián y yo pudimos haber sido así y me lamentaba por no haber vivido mi infancia a su lado. Podía apostar a que era un niño muy «molestable» antes de que se volviera un adulto imponente.
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó León pegando su oído a mi vientre, como si esperara escuchar algún sonido en particular que le confirmara la presencia de su primo dentro—. ¿Sabes si será niño o niña?
—¡Ojalá sea una niña! —exclamó Victoria con emoción antes de sentarse a mi lado en el sofá—. Así podríamos jugar con las muñecas que me compró mi papá.
—¡Oye! Yo juego contigo a las muñecas —reclamó León entornando los ojos, indignado.
—¡Claro que no! ¡Yo juego con mis muñecas mientras tú pasas tus carritos por todos lados! —contestó Victoria cruzándose de brazos y viendo con reproche a su hermano que solo se encogió de hombros como si no entendiera en donde radicaba el verdadero problema.
—Espero que sea niño para que podamos jugar con los carritos —suspiró León acurrucándose en mi regazo como un pequeño gatito—. A veces Vicky es muy… niña.
—¡¿Ah sí?! ¡Pues tú también a veces eres muy niño, y uno muy feo! —exclamó Victoria torciendo los ojos y levantando su mentón con orgullo.
León se levantó claramente ofendido y me volteó a ver como si necesitara comprobar que yo también escuché lo mismo.
—¿La escuchaste? Me dijo feo —susurró herido y su labio inferior eclipsó al superior—. ¡Mamá dice que soy el niño más bonito! ¡Mentirosa! ¡Tía Camille, ¿verdad que lo soy?!
—Claro que sí, eres el niño más bonito, igual que tu hermana es la niña más bonita —contesté enternecida, estrechando a ambos con intenso amor, frotando mis mejillas contra sus dorados cabellos e inhalando ese aroma de bebé que tanto me encantaba—. Por lo menos hasta que nazca mi bebé. De seguro será más bonito que ustedes dos juntos.
Entonces mis pequeños sobrinos brincaron por la sorpresa y la indignación, viéndome con los ojos bien abiertos y la mandíbula desencajada.
—Que decepcionante… —susurró León agachando la mirada y negando con la cabeza, mientras arrastraba los piecitos hacia el sofá de al lado y se sentaba pensativo—. No sé si pueda recomponerme después de esto.
Parecía una versión más pequeña y adorable de su padre. Ambos igual de dramáticos.
—Tía Camille… —Victoria se subió de nuevo al sofá y se acurrucó a mi lado mientras pensaba bien en las palabras que usaría y balanceaba sus piecitos en el borde del sofá—. ¿Cómo se hacen los bebés?
Parpadeé, sorprendida, y entorné los ojos con una sonrisa ladeada.
—Creo que no me corresponde a mí decirlo —dije mordiéndome los labios—. Sus padres no van a estar muy de acuerdo con la explicación que yo les pueda dar.
—Solo dilo… —Suspiró León escurrido en su asiento, con la mirada clavada en la chimenea—. Ya no puedes lastimarme más.

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