CAMILLE ASHFORD
—No olvidé que nos veríamos de nuevo —respondí con la garganta seca. Su presencia era demasiado intimidante y me hacía flaquear.
—Espero que hayas dejado todo en orden —dijo Lucien con voz firme y calculada—. Te di el tiempo suficiente.
Me esforcé por mantenerme erguida, pero la presión en mi pecho era sofocante. Debía de admitir que, durante todo este tiempo, pensé varias veces en simplemente escapar, huir lo más lejos posible sin decirle a Damián o a Andy, pero no pude, tal vez no tuve el valor suficiente.
—Lo hice —respondí por fin con un suspiro apesadumbrado—. Mi hermano ya sabe que estoy comprometida contigo y que estoy embarazada.
Lucien frunció el ceño y bajó la mirada a mi vientre. En su expresión vi algo parecido a la duda, pero su rostro se endureció de inmediato.
—No mientas —susurró con frialdad. Se acercó un paso más, hasta que apenas nos separaban unos pocos centímetros—. Ni siquiera un bebé va a suavizar esto... Ruega porque no sea cierto.
Mi corazón martilló en mi pecho. Sentía las piernas temblar, pero me obligué a sostener su mirada.
—No estoy mintiendo… —respondí indignada y molesta.
—¿No? ¿Me dirás que una mujer de tu calaña no sabe cómo evitar quedar embarazada? —preguntó haciendo su sonrisa burlona más grande y tuve ganas de abofetearlo, y de seguro lo habría hecho si no fuera por el par de trogloditas que esperaban en la puerta abierta, viendo todo como si fueran estatuas—. Si tuviste que mentirle a tu hermano para que no hiciera preguntas en cuanto te fueras conmigo, está bien, pero no quieras verme la cara a mí, no te conviene, Camille.
Su sonrisa se desdibujó, sus mandíbulas se tensaron, y con un cuidado que no parecía propio de él, acarició mi mejilla con su mano fría. Sus ojos se volvieron una combinación de tensión y piedad que no comprendía.
—¿Por qué me tratas así? —mi voz se quebró, aunque no quería que así pasara, no quería verme más pequeña frente a él—. Si es por el dinero que me diste, puedo devolvértelo cada centavo. Ya te lo dije. Por favor, ayúdame a entender por qué me estás haciendo esto.
Lucien dejó escapar una risa sin humor y, con un movimiento brusco, me tomó de la mano y la sostuvo ante sus ojos.
—¿Y el anillo? —preguntó con esa molestia fría que me desconcertaba—. ¿No fue de tu agrado? ¿Querías algo mejor? No sabía qué clase de joyería usan las mujeres como tú y tuve que improvisar, lamento haberme equivocado.
—¡Qué irónico! Nunca creí que un hombre como tú podría juzgar y criticar a una mujer como yo —solté con el poco valor que tenía y su mirada congeló las palabras en mi garganta. Busqué en el interior de mi bolsillo y saqué el anillo, nunca andaba sin él. Entonces me lo arrebató, tomándome por sorpresa, antes de deslizarlo en mi dedo con evidente molestia.
—No se trata de dinero —murmuró mientras uno de sus hombres le entregaba unos papeles—. Sabes muy bien lo que hiciste, Camille. Hace tiempo me arrebataste lo último que me quedaba de humanidad. Ahora serás víctima de las consecuencias.
—¿Cómo? —pregunté abriendo los ojos con sorpresa—. ¡¿Yo cuando hice eso?! ¡¿De qué estás hablando?!
Lucien cubrió mi boca con una mano, como si mi voz le irritara. Me acorraló contra una pared, presionando mi cuerpo con el suyo, mientras podía ver ese gesto, mezcla de odio y repulsión, en su rostro.

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