A esa hora, el festejo de don Mariano todavía no debía terminar. ¿Qué hacía Federico ahí?
—¿Ese es el señor Córdoba? —César también lo vio y, como recordando algo, preguntó—. ¿No estaba hace rato en entrevistas, anunciando su boda con la señorita Orozco?
Federico, sin detenerse, miró de reojo la mano de César en la cintura de Gloria.
Cuando su figura desapareció por completo, Gloria volvió en sí.
Empujó a César para separarse.
—Perdón, fue por la urgencia —dijo César. Su mano se quedó suspendida unos segundos y luego la bajó, incómodo.
Gloria se acomodó la ropa.
—Gracias. Nos vemos.
Se dio la vuelta y se fue primero. Ya en el carro, le marcó a Paulina.
El tono de llamada sonó una y otra vez, sin que nadie contestara.
A Gloria se le fue apretando el pecho.
Por fin, antes de que la llamada se cortara sola, Paulina contestó.
—Pauli, ¿qué pasó?
Del otro lado había ruido; Paulina habló bajito.
—A mi abuelo le dio un malestar de repente, se le subió la presión. Lo trajimos al hospital. ¿Cómo supiste?
Hace rato, por lo rápido que pasó todo, Gloria no alcanzó a ver quién iba en la camilla.
—Estoy en el hospital —dijo Gloria, bajando la voz—. Me quedo en el estacionamiento, no voy a subir. Cualquier cosa me avisas.
Paulina aceptó de inmediato.
—No te preocupes tanto, no parece grave. El doctor dice que fue cansancio… ya está grande y no le gusta el ruido. Todo es culpa de mi mamá: a fuerzas quiso hacer fiesta y anunciar lo de la boda de mi hermano con Irene…
Paulina se puso a quejarse un buen rato.
Cuando colgaron, Gloria no se fue; se quedó en el carro.



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