Con lo de Elena, Lucía no había tenido chance de hablar otra vez con Gloria sobre el embarazo.
Y por cómo hablaba Gloria, ese bebé lo iba a tener sí o sí.
Isabella, al verla tan cargada, ya no preguntó más. Se salió de la cocina y le mandó un mensaje a Irene para reportar.
Irene le pidió que siguiera al pendiente, que tenía que sacarle a Lucía la confirmación de si Gloria estaba embarazada o no.
—Esta señora es bien pesada. Si platico dos frases, me dice que ando de floja.
Isabella, desde el primer día, había intentado sacarle información.
Pero Lucía la traía de un lado a otro con mandados. No encontraba el momento.
Lo de hace rato ya era bastante.
—Sigue vigilando —ordenó Irene, y colgó.
Isabella guardó el celular. Al voltear, se encontró a Lucía parada detrás de ella.
Isabella dio un brinco.
—Lu… Lucía.
—¿Qué? —Lucía la miró con mala cara—. ¿Hablándole a tu gente para quejarte? Aquí los que vienen a ayudar son voluntarios, ni cobran. Tú sí cobras y todavía te haces la difícil. ¿No que te gustaban los niños?
Isabella se quedó con la cara tensa, pero sonrió.
—No lo tome a mal, Lucía. Sí me gustan los niños, de verdad. Nada más que apenas voy agarrando el ritmo.
—¿De verdad te gustan? —Lucía no le creyó.
Isabella levantó tres dedos.
—Lo juro. Me encantan. Muchísimo.
—Ah, ¿sí? Entonces desde hoy te encargas de los niños del cuarto de allá.
Lucía le encajó un paquete de pañales en los brazos.
—Ya les toca cambio. Ve. Y cuando termines, les das de comer.
En ese cuarto había niños con problemas en la parte baja del cuerpo y usaban pañal todo el tiempo.
¿Isabella? Jamás había hecho algo así.
Se le fue el color de la cara. Alcanzó a detener a Lucía.
—Nunca lo he hecho… me da miedo hacerlo mal.
—Una vez y aprendes. —Lucía no le dio opción—. Ándale. ¿Qué tanto te tardas? Si no, mejor vete.
Esa frase le cerró la boca a Isabella.


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