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EMBARAZADA TRAS EL DIVORCIO: NO ME QUITES A MI HIJO, SEÑOR CÓRDOBA romance Capítulo 218

Una semana después, Federico se reunió con los Orozco para cerrar detalles de la boda.

Gloria no fue, pero se enteró por las noticias del resultado.

La boda sería en el Hotel Belgrano Norte. El vestido lo haría a la medida un diseñador extranjero de renombre, con un precio de ocho cifras.

Virginia vio la nota y en cuanto pudo le marcó a Gloria.

—Si yo hubiera sabido que Federico era así de espléndido, el día que te casaste no debiste irte con las manos vacías.

—Con esos vestidos, joyas y todo… te divorciabas y con venderlo de segunda mano ya la armábamos de por vida.

Gloria sostenía una taza con té de pera. Desde aquella mojada traía un resfriado leve que no terminaba de irse.

La luz cálida de la lámpara le caía encima. Detrás, la sala estaba apagada, oscura y vacía.

Eso la hacía verse todavía más sola.

—Sí… debí pedir aunque fuera algo.

Así, el tratamiento de Elena ya tendría de dónde, y ella habría podido agarrar esa oportunidad para irse.

—Oye, ¿y cuánto crees que le den de dote? —Virginia se puso chismosa—. Mínimo una fortuna, ¿no? Es la mujer que trae en un pedestal.

Gloria tomó otro sorbo.

—No sé.

A la familia Córdoba le sobraba el dinero; dieran lo que dieran, era más trámite que otra cosa.

Federico y Alicia no iban a dejar mal parada a Irene, eso era seguro.

Con la boda ya encaminada, el corazón de Gloria estaba raro: complicado, pero también más ligero.

En el grupo de la empresa, todos felicitaban a Federico e Irene.

Irene recibía las felicitaciones como futura dueña, platicando con todos con una cercanía medida.

El sol de la mañana pegaba sobre Torre Rivadeneira, pintando el edificio de dorado.

Gloria salió del elevador y, de inmediato, vio por la puerta entreabierta de la oficina de Federico una silueta bonita.

Irene tenía mucho sin ir a la empresa.

Respiró hondo y guardó la invitación en su bolsa.

—Gloria —la llamó Irene.

Gloria levantó la vista. Irene estaba en la puerta.

—Hazme el favor de preguntar qué café quiere cada quien. Yo invito.

Gloria asintió.

—Va.

Mandó un mensaje en el grupo del área para que cada quien anotara su pedido. En menos de cinco minutos ya lo tenía.

—Fede, entonces Gloria y yo bajamos por los cafés. Regresamos rápido —dijo Irene, y luego volteó con Gloria—. Vámonos.

Gloria no esperaba que Irene quisiera que ella la acompañara.

Agarró el celular, se levantó y la siguió hacia el elevador.

***

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